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07
AGO
2012
Con Venezuela adentro, la alianza regional adquiere alcances que eran insospechados hasta hace pocos años.

El ingreso de Venezuela al MERCOSUR, como miembro pleno, es un dato de gran relevancia y que demuestra que, más allá de las pequeñeces y bajezas del quehacer político cotidiano, estamos viviendo una hora histórica. Nada más alejado de la intención de esta columna que proferir ditirambos –por el contrario, desde este espacio se han observado críticamente los aspectos que nos parecen insuficientes del actual proceso de recuperación, tras la ordalía neoliberal-, pero siempre se ha entendido que a partir del fin de siglo Argentina y los países de Iberoamérica han ingresado a una etapa dirigida a enmendar lo que desde un principio se constituyera en su más grave lastre: su incomunicación, fruto de la fractura que siguió a la guerra de la Independencia contra el imperio español.

Por aquel entonces la insuficiencia de las fuerzas productivas, la dispersión de una población exigua en un escenario geográfico monumental y difícil; la existencia de núcleos portuarios interesados en organizar su provecho económico en simbiosis con el poder externo, fueron factores insuperables incluso para personalidades como San Martín y Bolívar, que vieron contrariadas sus aspiraciones a constituir una nación continente y hubieron de contemplar el fracaso de su gran ilusión. Acierta entonces la Presidenta Cristina Fernández cuando cita la amarga frase de Bolívar al final de su vida –“He arado en el mar”- para significar la diferencia que existe entre ese momento y el actual, cuando Hugo Chávez, Pepe Mujica, Dilma Roussef y ella misma signan un pacto que supone el fortalecimiento estratégico del MERCOSUR y, con él, la capacidad de esta agrupación de países para imantar a otras naciones suramericanas y constituirse en una fuerza centrípeta que permita la organización gradual del subcontinente en un bloque regional unitario.

La incorporación de Venezuela al MERCOSUR es un dato de primera magnitud a nivel global. El MERCOSUR agrandado se convierte en la quinta economía del mundo, después de Estados Unidos, China, India y Japón. Su producto interno bruto, por otra parte, está en continuo crecimiento y posee posibilidades de expansión casi infinitas, dados los recursos aun inexplorados y la progresión demográfica que existe en la región. Este dato contrasta con el declive de la última en la Unión Europea y con la fragilidad que en lo relativo a las materias primas ostenta la UE, en primer lugar por su dependencia energética: el crudo y el gas provenientes del medio oriente y de Rusia son factores determinantes para su equilibrio.

El ingreso de Venezuela al MERCOSUR, en cambio, viene a solucionar el problema de la provisión energética que afligía –relativamente- a los otros países del bloque. En efecto, Venezuela dispone (según la OPEP) de las mayores reservas certificadas de petróleo en el mundo. Brasil ha descubierto hace poco una cuenca petrolífera submarina –la llamada Amazonia azul- que podría poseer insondables reservas, pero falta mucho para su pleno desarrollo y se encuentra en el mar, lo que torna más cara su prospección y explotación. Y también más inseguras, en razón de la capacidad de interferencia que sobre ellas podrían ejercer las potencias marítimas. Por otra parte, el PBI en dólares del bloque mercosuriano se incrementa en un 11 por ciento con la incorporación venezolana, llevando el valor total de su PBI desde los 2,96 hasta 3,28 billones de dólares.[1]

La existencia de una región económica que se extiende desde Tierra del Fuego hasta el Mar Caribe, sin solución de continuidad, supone asimismo la provisión de garantías mutuas entre Brasil y Venezuela. Estados Unidos –que tiene sus proyectos sobre la Amazonia y que quisiera eliminar a Chávez y lo que este significa-, tendrá aun más difícil el poder hacerlo, en la medida que Brasil acentúe su respaldo al mandatario del país vecino y se ligue a este con vínculos aun más fuertes. Al mismo tiempo a Estados Unidos se le harán más complicadas las maniobras para incidir sobre los otros países del bloque, donde no sólo la Amazonia sino también el acuífero guaraní y las riquezas mineras ofrecen una inmensa reserva de recursos naturales no renovables y que saben o presienten la amenaza que se cierne sobre ellos.

Amenazas

Ahora bien, la importancia misma de los avances (reales y potenciales) que se están haciendo o pueden hacerse en el ámbito del MERCOSUR, demuestra que sería ilusorio suponer que estos evolucionarán sin tener que afrentar dificultades. Las primeras y más importantes provienen de la injerencia norteamericana. Los USA están muy ocupados en su proyecto de hegemonía global, para el cual necesitan un medio oriente organizado de acuerdo a sus intereses, una implantación más o menos sólida en el Asia central y una política de contención dirigida contra China que contiene muchas variables. Esta ambición colosal no es fácil de mantener en las actuales condiciones económicas de la superpotencia norteña, pero su misma dificultad incentiva la fuga hacia adelante. No hay, al menos por ahora, dentro del espectro político estadounidense, ninguna fuerza que aparente contrariar esta carrera insensata.

De momento, la misma desmesurada ambición que caracteriza al proyecto hegemónico hace que el dinamismo de la política exterior norteamericana mire hacia escenarios que están fuera del hemisferio occidental. Pero no hay que hacerse ilusiones al respecto. Sea que ese proyecto progrese o se frustre, Iberoamérica seguirá en la mira de Washington. En el segundo caso tal vez de manera aun más preocupante que en el primero, pues Estados Unidos sentirá la necesidad de hacerse fuerte en lo que siempre ha considerado su patio trasero, la zona respecto a la cual ha decidido proyectar el tutelaje del núcleo dominante instalado en su tierra.

Aun en estos momentos en que el oriente y el medio oriente son los escenarios “privilegiados” del activismo norteamericano, la presencia e influencia de Estados Unidos en América latina es indiscutible y no hace sino pronunciarse. Ha encajado la frustración que le significó no poder derrocar a Chávez y el revés monumental de la cumbre de Mar del Plata, que desbancó al ALCA; pero la CIA, el Departamento de Estado y el Pentágono han sido actores de primera línea en cuanto intento de desestabilización se haya producido en Suramérica, en Centroamérica y en el Caribe. El derrocamiento de Manuel Zelaya en Honduras, la expulsión de Fernando Lugo de la presidencia en Paraguay, el frustrado golpe contra Correa en Ecuador, las tensiones entre Colombia y Venezuela durante la presidencia de Uribe en el primero de esos países –tensiones que los aproximaron al choque armado-, y las tentativas secesionistas montadas en Bolivia contra Evo Morales, son una prueba de que alguien tira de los hilos, sin preocuparse por sutilezas, desde las riberas del Potomac.

Según denuncia Atilio Borón, hay 46 bases norteamericanas de diversa importancia y magnitud en el espacio latinoamericano. A esto se suma la presencia de la IV Flota, reactivada hace un par de años y encargada del control del Caribe y del Atlántico sur. A la vez con aliento norteamericano se monta el llamado Eje del Pacífico, que comprende a México, Panamá, Colombia, Perú y Chile, dirigido a contrapesar la influencia del Mercosur en materia económica y a coordinar una eventual cooperación militar.

Este conjunto de factores debería llamar la atención tanto a gobernantes como a cuadros políticos y militares de Suramérica. No estamos del todo seguros de que ello sea así, al menos en lo referido a nuestro país. De Brasil no hay dudas de que dispone de una conciencia agudísima de su proyección geopolítica y que opera en consecuencia. El formidable crecimiento industrial del país hermano, su potenciación en todo lo referido a las industrias para la defensa y su voluntad de dotarse de los elementos más idóneos para cubrir su espacio terrestre, aéreo y marítimo, dan prueba de ello. En Argentina, por el contrario, no terminamos de definir un plan estructural de desarrollo dentro del cual el rol de las fuerzas armadas tenga un lugar definido.

No se trata, como se dice a veces, de que el presupuesto nacional no da para lujos y que hay que atender otras prioridades. Las prioridades están referidas por supuesto a una mejor distribución del ingreso, al incremento de este mediante políticas de desarrollo concebidas con arreglo a un plan maestro y a una mayor justicia social. Pero aunque incluso no se echasen en falta algunos de estos rubros en la actualidad argentina (a veces se tiene la impresión de se procede en base a actitudes reactivas a partir de diversos tipos de coyunturas, más que desde un programa racional preelaborado), aunque incluso no se sintiese la falta de esta tesitura, decimos, la necesidad de un concepto operante en materia de defensa es indispensable. Este no tiene por qué implicar un gasto suntuario, como lo fue el despilfarro realizado por la dictadura mientras desguazaba en paralelo a la industria nacional, sino determinarse a partir de una disposición a hacer lo más con lo menos; a ser frugales, pero sin caer en la anorexia.

Ni Brasil ni Venezuela hacen un misterio de su voluntad de potenciar sus instrumentos de defensa. Tienen de qué preocuparse, pero nosotros también, con una fortaleza británica en nuestro extremo austral, custodiando el ingreso a la Antártida, la explotación pesquera y la prospección petrolífera, en un encuadre global en el cual nunca se sabe dónde caerá la piedra. La estructuración de unas fuerzas armadas provistas de los equipamientos básicos para la defensa, con un nivel de entrenamiento adecuado, vinculadas a sus gemelas brasileñas y venezolanas; conscientes de su misión y captadas ideológicamente para que sean capaces de comprenderla y de responder a esta, es uno de los términos de una ecuación que pasa por la inteligencia de la historia y el señalamiento de una meta para la misma. Al menos dentro de un futuro previsible.

El obstáculo a remover

Como quiera que sea, con el ingreso de Venezuela al MERCOSUR se ha dado un paso formidable. A los tejes y manejes del imperialismo y sus secuaces locales, que promovieron el golpe “institucional” contra Lugo en Paraguay, se contestó aprovechando la salida en falso del Senado paraguayo, que se puso a sí mismo fuera de la ley, para remover el obstáculo insalvable que hasta ese momento esa corporación venía poniendo a la entrada de Venezuela.

Ahora bien, las rémoras que en sucesivas oportunidades opusieron las corporaciones parlamentarias de Brasil y Paraguay al ingreso del nuevo socio, son proyección de la presencia de fuerzas que aun están muy activas y asentadas en estas sociedades. Son las mismas que han conspirado desde la independencia para mantener el carácter fragmentado del subcontinente. La balcanización latinoamericana proviene de un entramado de intereses exportadores, camarillas bancarias y sectores sociales restringidos, pero dotados de una enorme capacidad de acumulación financiera, que han encontrado siempre su razón de ser en la conexión comercial excluyente con las potencias desarrolladas. Su visión del mundo es pasiva: sólo se conciben a sí mismos a remolque de los sucesos que se originan en otras latitudes y a los cuales entienden han de adaptarse de acuerdo a pautas que privilegian el mantenimiento de su interés como sector social excluyente. Todo lo que supere esa perspectiva estrecha es visto como una amenaza al confort de su régimen de vida y por consiguiente susceptible de ser relegado, negado o, incluso, exterminado si se lo juzga necesario. Han creado pautas de comportamiento y modelos comunicacionales que deforman la intelección de la realidad en amplios sectores de la sociedad que no necesariamente comparten sus intereses, pero a los que de una forma u otra logran manipular o confundir en los momentos decisivos.

Todo esto sigue vigente hoy día. En el plano cultural este entramado ha empezado a desarmarse en los últimos años: la prédica revisionista de la historia, el peso de la realidad misma, que demuestra el agotamiento del modelo, el horror económico de los decenios neoliberales y la dificultad creciente de apelar al sable, mellado por el papel que le hicieron jugar en la preparación del campo baldío que era necesario para poner en práctica el experimento económico de la escuela de Chicago, han arrebatado la iniciativa al poder tentacular que durante dos siglos sofocó la libre iniciativa de estas repúblicas.

El camino para revertir para siempre la estructura montada por el poder dominante desde 1810 es largo y difícil. No hay que hacerse ilusiones al respecto, en particular porque ese núcleo oligárquico, madurado en la dependencia, cuenta con respaldo externo. Pero también es cierto que estamos arribando a una dinámica unitaria latinoamericana que es, potencialmente, imparable. Para concretarla de veras, para dispararla hasta el punto de no retorno, hay que tratar de no cometer demasiados errores. Nada es puro ni rectilíneo, ni en la política ni en la vida, pero a veces los árboles tapan el bosque y lo accesorio escamotea lo fundamental.

Ojala pudiéramos creer que la votación de nuestro país y de Brasil a favor de la moción contra Siria en la Asamblea General de las Naciones Unidas, posición que contrasta con la adoptada por Venezuela en esa misma materia, entra dentro de este tipo de contingencias a las que se podría considerar superables. No estamos seguros de que sea así. Mostrar un frente unido en materia internacional debería ser, sin embargo, un hecho factible, a poco que los socios del MERCOSUR se vean como un bloque hermanado no sólo por la cultura y la economía, sino también y sobre todo, por la comprensión de las determinaciones geopolíticas. Pero este debería ser tema de otra nota. 

[1] Alfredo Zaiat, Página 12, domingo 5 de agosto.

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