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02
JUL
2012
Hugo Moyano
Hugo Moyano
La fractura del FPV da cuenta de la debilidad que todavía padece el frente nacional. Fortificarlo no es tarea fácil, habida cuenta de la obcecación y la cortedad de miras de muchos de sus integrantes.

La semana que acaba de pasar tuvo altas y bajas para el proceso de consolidación de la democracia y del ascenso nacional que viene operándose en Iberoamérica desde comienzos del siglo XXI. Más bajas que altas, en realidad. Los episodios vividos en ella no deben sorprender ni desanimar, sin embargo, pues nadie puede suponer que un desarrollo incipiente como este vaya a circular sin obstáculos. Las trampas con que se lo ha emboscado nunca han dejado ni dejarán de actuar. Pero lo que sí resulta inquietante es la colaboración –voluntaria o involuntaria- que muchos de los que debieran protagonizar el proceso de liberación prestan a su propia destrucción.

Entre los elementos deprimentes que poblaron estos días está el golpe parlamentario en Paraguay, que destituyó a Fernando Lugo, tras la ficción de un juicio político; y la fractura del Frente para la Victoria en la Argentina. Lo positivo fue la decisión de aprovechar la automarginación en que incurrió el senado paraguayo debido a su falta de respeto a la normativa del justo proceso en la destitución de Lugo, para sancionar la definitiva incorporación de Venezuela como miembro pleno del Mercosur. Una condición que la patria de Hugo Chávez merece, que es de gran significación estratégica y cuya sanción venía siendo boicoteada por el congreso de la hermana república paraguaya, copado por los exponentes del establishment político, insanablemente vinculado a un sistema de corrupción, explotación y narcotráfico que no tiene intención alguna de desarraigar.

Por lo demás, las uvas están verdes… En Argentina asistimos al quiebre del frente nacional que mal que bien venía funcionando desde el 2003. La torpeza de Hugo Moyano y de Cristina Kirchner es infinita. De manera menos aparente pero más destructiva de parte de la Presidenta, y con unos andares de oso desconcertado de parte del titular de la CGT, ambos se endilgaron o se hicieron atribuir por intérpositas personas, agravios de los que no se vuelve. El repugnante intento de vincular a Moyano con las tres A, desenterrando los fantasmas de los años 70; el ataque inmisericorde del que lo hace objeto parte de los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, olvidando que Moyano fue la cabeza del movimiento obrero que de forma más coherente se opuso a la dictadura neoliberal del menemismo, son expresión de la compleja discordia que habita al campo nacional y que se funda, más que en reivindicaciones específicas de carácter económico o ideológico, en resentimientos perdurables y en soterradas antipatías hacia los exponentes reales, no ideales, del movimiento obrero.

De parte de Moyano la infatuación, la confusión entre su rol al frente de la CGT y una exigencia de representatividad política inmoderada, que lo hacía insinuarse e imaginarse como un futuro Lula, lo extraviaron del recto camino y lo hicieron marchar en sobrerevoluciones, chocando sin necesidad con una persona que, como Cristina Fernández, no es proclive a perdonar las ofensas. La alusión de Moyano, en su discurso en Plaza de Mayo, acerca del “exilio interior” bien remunerado de los Kirchner en el sur, puede comprenderse como la reacción visceral de un tipo acorralado, pero pone en evidencia una voluntad de ruptura que lo aísla aun más de lo que estaba del sector pequeño burgués del kirchnerismo y de las corporaciones sindicales, incluso las propias, poco propensas a aparecer haciendo causa común con el PRO, la Mesa de Enlace y Magnetto.

No es que deseemos efectuar una evaluación “neutral” de lo que está aconteciendo entre el gobierno y la actual conducción de la CGT. Seguramente habrá quienes exijan una definición entre ambos bandos, quizá porque están solicitados por una militancia “orgánica” que a veces tiene también compensaciones concretas. Pero, honestamente, no veo como se puede tomar partido. Sería como elegir entre la soga y el revólver.

Furor divisionista

Más sensato me parece tratar de encontrar la explicación a este furor divisionista en razones que, más que en intereses de clase, parecen fundarse en mecanismos irracionales que requieren del diván del psiquiatra… Pues la obcecación que los actuales dirigentes argentinos ostentan cuando de dirimir problemas se trata, parece vincularse no sólo a problemas concretos que emergen de la coyuntura de los procesos económicos y de la lucha de clases, sino también a una obstinación infantil que sólo puede provenir de una incapacidad para resolver y superar traumas personales. Traumas que quizá reflejan también la inmadurez del organismo social llamado Argentina.

No saber soportar las críticas, pedir obediencia perinde ac cadaver es un dato muy propio del verticalismo peronista, pero no es por fuerza un rasgo inexorable del bonapartismo o del populismo. Hay modos y modos de negociar el personalismo, en especial cuando no se vive un período revolucionario y es posible ponderar las contradicciones de manera de no fracturar el marco de coincidencias que dan las circunstancias objetivas…

Hay cuestiones de fondo, es verdad, en las divergencias entre el actual gobierno y la CGT. El modelo de país que se pretende es la principal. Pero lo curioso es que ni la Presidenta ni el titular de la CGT las expliciten y las funden argumentativamente en sus deposiciones verbales. Todos los importantes pasos dados por el kirchnerismo en el rubro derechos humanos, en la nacionalización de las AFJP, en la nacionalización parcial de YPF, en la recuperación de algunas empresas emblemáticas de la vieja aspiración industrialista de la Argentina, no han atacado el centro del esquema dependiente en que se mueve la economía argentina. No hay un plan estructural de desarrollo, se procede en base a contragolpes intuitivos cuando la coyuntura aprieta y el énfasis en el desarrollo tecnológico parece atender más a la agroindustria que a la industria pesada. Incluso cuando se anuncia una inversión china en desarrollo ferroviario, como la que ha seguido a la visita del primer ministro de ese país, el tendido de esa vía de comunicación sigue obedeciendo a un diagrama extractivo de commodities agrarias más que a una interconexión eficiente entre las diversas zonas del país.

Egotismos

Salvo en casos excepcionales, el egotismo es un dato constituyente de la ambición política. Pero si ese egoísmo se enlaza a la ignorancia estratégica y al cálculo cortoplacista, las consecuencias pueden ser desalentadoras. Nuestros dirigentes son ignaros en materia geopolítica y su comprensión del conflicto de clases suele limitarse a reivindicaciones sectoriales. No es esta una condición favorable para moverse en un campo que todos sabemos –o deberíamos saber- está minado. La Presidenta ha elegido un camino que, a mi entender, la va a llevar a un callejón sin salida. Creer que con exhortaciones a la racionalidad económica endilgadas al capital internacional va a atraer a la inversión extranjera, y además pensar que la burguesía “nacional” es movilizable para un cambio institucional que por fuerza en algo a va tocar sus intereses, es ilusión vana. Aunque ese sacrificio mínimo vaya después a ser compensado con creces, no está en los genes del empresariado argentino visualizar las cosas de esa manera. Ya lo demostró de sobra en el pasado.

En cuanto a Moyano se detiene también en el borde de la reivindicación salarial. Su incapacidad para fundar con su inepta oratoria una exigencia que vaya más allá de su justo reclamo en torno al impuesto a las ganancias, es una confesión de impotencia. Los trabajadores configurados orgánicamente, son una de las pocas fuerzas, quizá la única, que puede dotar de músculo y peso a la promoción y sobre todo a la defensa de un modelo nacional de desarrollo. Y bien, el titular de la CGT excluyó en su alocución ese tema crucial, recluyéndose incluso en el ámbito de su propio gremio más que en el del movimiento obrero en general.

Los trabajadores deben asumir sin miedo el reclamo más vasto de la reforma estructural del país, aceptando incluso que esta reforma no sobrepase el encuadre capitalista, pero rompiendo en forma radical con el rol de economía primaria al que la neoliberalización salvaje nos empujó y quisiera seguir empujándonos. Si no se asume esa tarea, que va mucho más allá de los objetivos proclamados por el actual gobierno, habremos renunciado definitivamente a construir nuestra propia historia, proseguiremos siendo una economía dependiente en un marco suramericano donde Brasil será la locomotora y nosotros su expresión subsidiaria (si no un factor manipulado contra el país vecino). Los trabajadores deben ser impulsores y guardianes de un cambio que debe sobrevenir, so pena de que, a la vuelta de unos pocos años, los argentinos sigan pataleando en la misma situación que hoy nos condiciona.

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