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23
SEP
2011

En busca del perfil internacional perdido

Cristina Fernández hablando ante la Asamblea General de la ONU.
Cristina Fernández hablando ante la Asamblea General de la ONU.
Un abanico de temas, a cual más importante, caracterizó la exposición de la Presidente ante las Naciones Unidas.

El discurso de la presidente Cristina Fernández ante la asamblea de las Naciones Unidas fue de una contundencia y una franqueza desacostumbradas en la diplomacia y en los vericuetos de la política latinoamericana. Aunque estuvo ponderado por la prudencia, sentó algunos puntos de vista que no deben ser ignorados por la comunidad internacional y que sobre todo ameritan ser considerados con respeto por la oposición interna, pues sientan las bases de una política de Estado que se pone en las antípodas de “las relaciones carnales” con el primer mundo, que todavía ahora son citadas con respeto por los exponentes mediáticos del establishment. La Nación, por ejemplo, calificó en su edición digital del miércoles de “histórico” el arreglo de 1999 montado por el por entonces presidente Carlos Menem y que supuso la reanudación de los vuelos a las islas Malvinas a través de la empresa chilena LAN; la posibilidad de visitarlas por ciudadanos argentinos, el aumento de la cooperación entre los dos países y una presunta aceptación “implícita” en el sentido de que Gran Bretaña y Argentina discutirían en el futuro la cuestión de la soberanía en torno de las islas.

Y bien, desde 1999 a hoy han transcurrido 12 años y el Reino Unido sigue manifestándose en contra de esta negociación. No sólo esto: por boca de su primer ministro David Cameron ha puntualizado que Gran Bretaña entiende que su potestad sobre las islas no puede ser puesta en discusión y hasta ha hecho sonar un desagradable ruido de sables al señalar que su país está listo para defender el archipiélago. Cosa que podría sonar explicable si existiese una efectiva voluntad de recuperación por la fuerza de ese lugar de parte de nuestro país. No habiéndola en lo más mínimo y estando como están las Fuerzas Armadas argentinas en una situación de virtual anemia, los dichos de Cameron suenan a una baladronada y a una excusa para encubrir lo que siempre estuvo en el centro del interés británico y que fue uno de los motivos tácitos de la batalla por las islas: las riquezas petroleras que esconde el subsuelo marítimo que se extiende a su alrededor.

La Presidente estuvo muy bien al expresar que, de continuar esta situación, Argentina se vería obligada a denunciar “los entendimientos provisorios” de 1999. Se debe subrayar, sin embargo, que a la política nacional respecto de Malvinas le sigue faltando la columna vertebral de un instrumento militar sólido, no necesariamente para recuperar por las armas al archipiélago sino para proveer de substancia y credibilidad a nuestros reclamos. No hay indicios en este sentido. Esos reclamos, a su vez, como se ha dicho muchas veces en esta página, sólo podrán cobrar peso si van acompañados por una presión efectiva de los restantes países de Sudamérica, en especial Brasil.

Chile, otro país interesado en su proyección austral, debería ser conquistado para esta política. Desdichadamente, la formación antiargentina de gran parte de su población, inculcada por la propaganda de la oligarquía chilena, no ha sido rebatida aun de una manera eficaz, y sus Fuerzas Armadas, sin pretender emitir una opinión categórica sobre un ámbito que no conocemos, es de imaginar que siguen estrechamente asociadas a la memoria del pinochetismo, dado que no fueron objeto de una depuración seria después del retorno de la democracia al país trasandino.

Las expresiones de la Presidente referidas al éxito del modelo económico vigente en la Argentina también resultaron valiosas y se apartaron del discurso convencional al subrayar la necesidad de que los recursos financieros se vuelquen a la economía real, criticando asimismo los cambios apenas cosméticos realizados en la economía global a partir del surgimiento de la crisis iniciada en el 2008.

Bueno estará señalar que nuestro país todavía no se acomoda a la teoría del modelo presidencial. Aun estamos lejos de haber cumplido con las urgentes tareas pendientes referidas a la reforma fiscal, al control de cambios y al plan industrializador como factores decisivos para vertebrar al país y acabar con la pobreza; pero mucho se ha andado y mucho esperamos que se avance en los próximos años. Se le podrá reprochar a la gestión kirchnerista sus insuficiencias en este plano, pero es evidente que se ha ido de menor a mayor y que la esperanza subsiste. No hay, por otra parte, ninguna otra fuerza con posibilidades de poder que se proponga semejante programa.

A nivel internacional, el capítulo más importante del discurso presidencial consistió en el reclamo de una reestructuración profunda del Consejo de Seguridad, de la abolición de la categoría de miembros permanentes en este y de la finalización del derecho de veto que los asiste; derecho usado a veces un ápice de buen sentido, pero en la generalidad de las ocasiones tomando en cuenta los intereses peculiares de las grandes potencias, cualquiera sea el carácter de tales iniciativas, en ocasiones abiertamente criminales. Sabemos que esta propuesta no va a prosperar, pero es oportuno que se la haga, pues viene a reforzar una pugna por democratizar un escenario global copado por el capricho de las grandes potencias.

Brasil y sus dos caminos

Hay un punto que no se puede dejar de lado en el análisis de esta faceta del discurso presidencial: aunque su destinatario ostensible fue Inglaterra y la prepotencia imperial abroquelada en el Consejo de Seguridad, es evidente que la pieza oratoria fue también concebida con una clara decisión de marcar el campo y diferenciar la postura argentina de la sustentada por Brasil, que quiere convertirse en miembro estable de ese mismo Consejo. Es bueno que la cuestión se explicite, pues si bien la fraternidad y la comunidad de intereses con la gran república hermana son decisivas para la conformación de un bloque regional latinoamericano provisto de relevancia global, hay maneras y maneras de conseguirlo, y no sería la más conveniente el plegamiento de los intereses de la región a los intereses de su potencia más caracterizada.

Brasil hace tiempo que desea un puesto permanente en el Consejo de Seguridad y en este sentido su pertenencia al grupo del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) discurre en esa dirección. Si bien Rusia y China ya pertenecen al Consejo, ni la India ni Brasil están allí, salvo en calidad de miembros provisorios, presencia que rotan con la de otros países de una significación mucho menos relevante tanto en el plano económico como en el demográfico. El objetivo de Itamaraty es sentarse definitivamente en el club de los grandes. Ahora bien, esto lo puede lograr como parte la política de un bloque regional en el cual Brasil sea un factor altamente caracterizado, pero cuya influencia se mantenga dentro de los límites del respeto mutuo; o surgir de una suerte de liderazgo en el cual será Brasil será primus inter pares. El primero entre los iguales, una contradicción en los términos de difícil digestión para quienes quedarían en posición subordinada. Argentina se opone a esta autoatribución de valores, y lo mismo sucede con México. El discurso de Cristina Kirchner vino a marcar el punto como quien no quiere la cosa, pero sus alcances y su significado están claros. El alegato presidencial apunta a dar un cariz efectivamente democrático a la organización mundial, devolviendo a su Asamblea General el rol decisivo que desde su fundación ejerció el Club de los Grandes aposentado en el Consejo de Seguridad. Es una proposición que no será aceptada, desde luego, pero que, en el contexto latinoamericano, presupone –entre otras cosas- la no admisión de una representatividad regional por parte de uno solo de los países que integran el bloque. Se trata de un asunto muy serio, y podríamos decir que el futuro del Mercosur y de la entera región sudamericana se juega en la puja que se daría en Brasil entre los exponentes del espíritu expansionista y bandeirante, enraizado en la burguesía paulista, y una comprensión más generosa de la significación geopolítica de esa nación, que existe en cuadros del PT y en la misma figura de Luiz Inacio Lula Da Silva.

Otro tema significativo fue el respaldo que Argentina dio a la pretensión palestina a erigirse en Estado. Aquí también se tropezará con la oposición o la abstención del bloque occidental liderado por Estados Unidos, que no entiende disociarse de Israel, su adelantado en la política de expansión activa que se lleva a cabo en Medio Oriente. Los progresistas y pacifistas a ultranza no entienden la obstinación en sostener al estado israelí en sus más caprichosas y violentas actitudes. Pese a la retahíla de fallos de la ONU dirigidos a conminar al estado hebreo para que se retire de Cisjordania, pese a las exhortaciones de las Naciones Unidas en el sentido de que no se prosiga con la colonización de los territorios ocupados y con el bloqueo a Gaza, Tel Aviv no se conmueve y ha saboteado sistemáticamente las conversaciones dirigidas a obtener un consenso para fundar un Estado Palestino.

Bueno, esto no es asombroso. Israel es una pieza muy importante como cuña clavada en el seno del mundo árabe, y este papel es altamente valorado por las potencias de Occidente.(1) Los reproches a las grandes potencias de parte de la opinión progresista –en especial la europea- que se pasman por el cinismo y la persistencia en el error de parte de los países de la OTAN, no toman en cuenta el carácter irreversible del proyecto denominado liberal o neoliberal, que hoy está en plena marcha. Nada lo va a parar, a menos que los países centrales implosionen y se hundan sobre sí mismos, al estilo de la URSS. Pero incluso en este caso la agravación de la crisis interior del sistema puede estimular su pulsión expansiva como una forma de huir hacia delante y de lograr las cartas que necesita para prolongar su vigencia histórica.

Por todas estas cosas puede evaluarse la disertación presidencial ante la ONU como muy valiosa. Es bueno plantar a la Argentina de acuerdo a una comprensión global de los problemas. Lo que hace falta, ahora, es poner al país en una situación acorde a esta visión problemática. Es preciso saber, por ejemplo, si se ha de continuar con el actual modelo de inversiones extranjeras en las áreas industriales, que consienten a las transnacionales instalarse en el país sin participación accionaria del Estado y sin un control efectivo de sus transferencias de fondos. Debatir y sobre todo operar en torno de las grandes cuestiones estratégicas será el deber del próximo gobierno de la presidenta Cristina Fernández en el caso, altamente probable, de que esta vuelva a ser huésped de la Casa Rosada.

 

1) Al menos hasta ahora. Habrá que ver si en algún momento el imperialismo se busca un aliado que pueda suministrar las mismas garantías militares que Israel, pero sin cargar con el fardo de la diferencia confesional y asumiendo un papel tutelar de la región que ejerciera, prolongadamente y con bastante fortuna, en el pasado. Para el caso, Turquía.

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