nota completa

03
AGO
2011

La onda reaccionaria y las debilidades del modelo

Macri y Vidal festejan en la CABA.
Macri y Vidal festejan en la CABA.
Los últimos reveses electorales del kirchnerismo no deben ser sobredimensionados, pero ponen en claro la necesidad de articular los expedientes para profundizar de veras el modelo de construcción social que lleva adelante el gobierno.

El aplastante y previsible triunfo de Mauricio Macri en las elecciones de la Capital Federal, la derrota de Agustín Rossi en Santa Fe y la perspectiva nada auspiciosa que tiene el kirchnerismo en Córdoba están difundiendo una imagen de deterioro del gobierno nacional que estimula las especulaciones respecto de que se produzca una eventual segunda vuelta para las elecciones presidenciales de octubre. Esto es opinable, pero no se puede negar que los resultados en tres de los cuatro principales distritos electorales del país no tienden a favorecer la imagen del gobierno nacional y a la consistencia de las expectativas del kirchnerismo para el 2015.

No había esperanzas de triunfo de los candidatos kirchneristas en los dos primeros distritos citados, como tampoco las hay en Córdoba; pero lo que resulta impactante es la diferencia que se establece entre los exponentes opositores y los que responden al gobierno nacional. Esto se agrava cuando se mide la entidad de algunos de los personeros de la oposición que han primado en los comicios. Que los santafecinos prefieran a Miguel del Sel sobre Agustín Rossi es indicativo de que algo anda mal en la cabeza de mucha gente, pero no es la mera frivolidad lo que ha determinado ese voto deplorable. La puñalada trapera de la declaración de Carlos Reutemann previa a la elección –“yo no soy kirchnerista, soy peronista”- tuvo bastante que ver en ello; pero convengamos en que son expresivas de un resentimiento mucho más generalizado y que abarca a estratos sociales de peso social y económico. La pampa gringa no ha perdonado la 125 y sigue temiendo y detestando cualquier intervención estatal que recupere para la Nación alguna porción de sus fabulosas ganancias.

Sin embargo, no se trata de despotricar a la manera de Fito Páez contra las preferencias de cierto electorado. Lo importante es tratar de comprender no sólo la naturaleza del adversario sino también entender la dialéctica de los propios errores. Es bastante obvio que la Presidente Cristina Fernández ha jugado una partida que tiende a ningunear a sectores del justicialismo que le son leales y al movimiento obrero como conjunto, para fiarse en los cálculos de un grupo de dirigentes que responde de manera más o menos automática a sus puntos de vista. Esto, considerado aisladamente, puede ser evaluado como fruto de un problema temperamental y por lo tanto ser susceptible de enmienda. Pero si se lo observa con cierta distancia tal vez cabe percibir allí la persistencia de la vieja dicotomía del peronismo de los setenta, escindido entre el “entrismo” de los sectores juveniles girados a la izquierda, y la resistencia de la masa del partido y del movimiento sindical, poco sensible a su discurso. Hoy, esa fractura está empezando a reproducirse. En términos mucho menos dramáticos que los de entonces, desde luego, pero en un contexto más patético, pues este deterioro adviene después de un período de desgaste gubernamental que arriesga echar al traste con una oportunidad histórica, la que proporcionó el desencanto respecto del modelo neoliberal que empujó al país a la ruina entre 1976 y 2001.

Deberes pendientes

Este país ha pasado por la trágica vivencia de los ’70, por la represión y por el vaciamiento económico, ideológico y conceptual de las dos primeras décadas de democracia. Hoy, cuando se habla de profundizar el modelo superador de esa experiencia, nunca se explica de qué manera se ha de hacerlo. Desde luego, se efectúan los enunciados de rigor: pleno empleo, industrialización, educación para todos, salud pública, redistribución de la renta, etc. Pero nunca se terminan de enunciar los pasos prácticos que hay que tomar para alcanzar esas metas. El discurso gubernamental empieza entonces a parecerse a las generalizaciones de la oposición, sin las mentiras sistemáticas de esta, por supuesto.

En efecto, la mendacidad opositora es de veras abusiva y gira en torno de una serie de hechos inventados o inflados por la prensa hegemónica. Por ejemplo el aislamiento del mundo que padecería el país, el autoritarismo y agresividad oficiales, la coerción a la prensa “independiente”, la corrupción (contra esta aseveración no hay mejor respuesta que la de Hugo Moyano: “vienen a hablarnos de corrupción con la bragueta abierta”); la necesidad de parecernos a los países “serios”… etcétera, etcétera.

Hay dos modelos, es verdad: uno, el del gobierno nacional, que sí insinúa –tímidamente- la necesidad de salir del estatus dependiente; y otro, el del establishment, que reafirma su conformidad con este y que lo hace con la histeria del propietario que se siente amenazado en el disfrute de una renta parasitaria. Pero el gobierno no se decide a enunciar este problema con todas las letras. Justamente por el temor a la reacción de quienes quieren que nada cambie. Grave error, a nuestro entender.

El problema clave de nuestro país es devolver a la Nación las facultades que le fueron conculcadas en la década de los ’90, cuando se desguazó al Estado, se privatizó a troche y moche y se desnacionalizó todo lo que se alcanzó desnacionalizar, antes de que la debacle financiera y la catástrofe social se llevaran puesto al gobierno de De la Rúa y a la parafernalia neoliberal.

Como saldo de esa década infernal han vuelto a aflorar datos y problemas que podían creerse solucionados desde la época de la organización nacional. Como fruto de la “provincialización” de los recursos nacionales, por ejemplo, está irrumpiendo una vieja asignatura pendiente de la Argentina: su integración territorial. El engendro de la CABA con su policía metropolitana, pero sobre todo la pretensión macrista de traspasar la jurisdicción del puerto de Buenos Aires al área autónoma porteña es un dato estremecedor.(1)

En la nota que dedicáramos a la primera vuelta de la elección porteña enfatizamos el carácter irreversible de la nacionalización de Buenos Aires lograda por Roca al frente del Ejército de línea, así como de la segunda nacionalización que se había producido con el flujo de la inmigración interna y la formación de un cinturón proletario de origen tanto provinciano como latinoamericano. Pero conviene matizar este punto de vista: el pacto de Olivos que dio luz verde a la seudo democratización que tergiversa el significado del federalismo provincializando los recursos de las regiones y sus rentas en vez de nacionalizarlos con eficacia, significó la pérdida de una herramienta estatal decisiva para la ordenación estratégica del país. Asimismo, desde años setenta para aquí se ha licuado gran parte de la clase obrera, la degradación intelectual fomentada por los medios masivos de comunicación ha hecho su trabajo, ensuciando la visión de la realidad, y nuestra historia, para grandes masas de gente, debe ser reaprendida desde el principio.

La resignificación del pasado y la comprensión de las posibilidades reales del país sólo podrán lograrse en tanto y en cuanto haya una propuesta nacional en marcha, lo cual significa la presencia de un dinamismo transformador que arremeta contra los bastiones del estatus quo. Estos se nutren de la regresividad fiscal, de la inexistencia de mecanismos efectivos para impedir la fuga de divisas de las empresas transnacionalizadas, forzándolas a reinvertirlas en el país, de la falta de una nueva ley de entidades financieras; y de la creciente presencia de un nuevo partido, el partido del campo, que cruza el interior del mismo justicialismo y que a partir de la consolidación del macrismo en la Capital Federal, puede intentar una maniobra a futuro que devuelva las cosas a como estaban en 2001. Es decir, a un Estado ausente, que cuando mucho se limitará a aprovechar la relativa paz social obtenida por el kirchnerismo y a mecerse en las ganancias suntuarias que devienen de una coyuntura internacional favorable a la exportación de nuestras commodities. Ello implicará una gradual separación de las grandes metas estratégicas del Mercosur y la Unasur, y el repliegue a un bobo egoísmo que se limitará a negociar con la burguesía brasileña para adecuarnos a la idea estadounidense que quisiera hacer de Brasil una especie de estado sub-imperialista, muy ligado al Norte y guardián de los intereses de este en el subcontinente. Si Argentina flaquea y recae en el pasado, ese diseño de Washington cobraría cuerpo, pues se le haría difícil a Lula y a Dilma Rousseff contender con los sectores de su propia sociedad que se sienten atraídos por ese proyecto.

La nacionalización del comercio exterior, la reforma fiscal, la reconquista o al menos el reequilibrio de Buenos Aires frenando la deriva autonomista; un plan integral de desarrollo industrial que atienda a la estructura ferroviaria y la estatización de los recursos energéticos, son expedientes indispensables para que el movimiento nacional siga su marcha. Por supuesto que para ello es necesario que en las elecciones nacionales de octubre Cristina Fernández no sólo gane de manera contundente sino que disponga de mayoría en las cámaras, o al menos de la posibilidad de contar con aliados para llevar adelante algunas políticas claves, si es que se decide a emprenderlas. Pero para eso hay que pensar en la formación de un frente nacional en el cual estén contemplados todos los instrumentos que son necesarios para soportar el envite de la reacción, que sin duda habría de producirse.

Esto nos lleva a considerar los puntos flacos, a nuestro entender, de la política kirchnerista. Tanto Néstor como Cristina han incurrido en errores, aunque estos han sido de signo distinto. Kirchner era un político habilísimo, con el defecto de que a menudo se dejaba enredar en su propia maraña. La pérdida de la alcaidía de Buenos Aires en 2007 al jugar en contra de Jorge Telerman y la elección Cleto Cobos para la vicepresidencia de la nación fueron dos de estos fallos, que costaron muy caro. Cristina es el polo opuesto a ese exceso de desenvoltura: es una política poco propensa a tejer y destejer, provista de miras más firmemente direccionadas; es una excelente expositora y una presidente de primer nivel, pero adolece en cambio de cierta rigidez y de cierta propensión a escuchar a quienes le dicen lo que quiere oír, que no es el pasaporte más indicado para construir un movimiento político provisto de metas ambiciosas.

Estas son las que ya enunciáramos. Pero no parece haber un orden de prioridades claramente delimitado en cuanto a ellas. La persecución de esas metas plantea, hasta aquí, una confusión casi permanente respecto de cuáles deberían ser los objetivos primarios y cuáles los secundarios. El ir y venir en torno de asuntos de repercusión mediática que son caros al progresismo –el matrimonio igualitario, los juicios por los crímenes de la dictadura-, con tener gran valor por sí mismos no pueden suplantar el debate y la puesta en práctica de las medidas específicas dirigidas a reformar las finanzas y a promover el desarrollo industrial y agroindustrial en forma coordinada, provista de etapas y planificada a largo plazo. Acumular poder para proceder luego a una reestructuración en fuerza es una ecuación clásica en política, pero prolongada durante mucho tiempo suele resolverse en la disolución del propio perfil asemejándolo en exceso al que se dice querer combatir. Un plan cuatrienal que llegue hasta el 2015 –en el caso de que Cristina Fernández venza, como es probable-, podría significar el principio de una construcción político-social que hoy se echa de menos y que de pie a un Frente Nacional Antiimperialista que tendría resto para mirar hacia el futuro.

Política militar

En este plano de consideraciones es preciso referirse también al tema de una política militar que atienda a la potenciación de las fuerzas armadas. Resulta ridículo sostener que la Argentina no tiene hipótesis de conflicto cuando hay un enclave colonialista en Malvinas y diseños imperiales respecto del Mar Austral y la Antártida. La presidente, junto a otros mandatarios latinoamericanos, ha reconocido hace pocos días que es preciso “blindar” la región frente a la crisis económica que vive el Norte desarrollado. Ese blindaje no puede limitarse a la regulación de las plazas financieras (y ya sería mucho) y al cuidado respecto de los capitales buitres. Hay que proveer a los institutos armados –con énfasis en la Marina y la Aviación- de los elementos que se erijan en factores disuasorios de cualquier aventura neocolonialista como las que se están produciendo en otras partes del mundo. Desde luego, ese papel de las Fuerzas Armadas no podría disociarse del respeto de las instituciones y de una asociación estrecha con el Brasil, que ya es, por sí mismo, una potencia militar de rango, capaz de inspirar respeto. A estar por el discurso de la Presidente en la cena de las Fuerzas Armadas, aparentemente las nuestras estarían destinadas primordialmente a una misión de investigación y renovación tecnológicas, rubros sin duda importantísimos tanto para la eficiencia profesional de las FF.AA. como para la reversión de lo que allí se obtiene al campo de las aplicaciones civiles. Pero esas investigaciones y sus logros tienen también que encarnarse en sistemas de armas y en unidades concretas, que nos provean de cierto grado de defensa en un mundo que, hoy más que nunca, no es un lugar apacible, sometido como está a una globalización asimétrica en la cual las enormes reservas naturales de que dispone Suramérica se han convertido en un bocado más que apetecible para las potencias del primer mundo. No se trata por supuesto de elaborar un programa de rearme de costos económicos desequilibrantes, sino de dar, en su justa medida y armoniosamente, un lugar a un instrumento esencial para la preservación del Estado Nación.

No quiere ser lo dicho una diatriba contra lo actuado por el kirchnerismo, que ha sido mucho y bueno. Frente a una oposición que no tiene otro rumbo que el retorno a un pasado inviable, no resta otra cosa que apoyar a Cristina. Pero no es posible callar las debilidades que esconde el modelo, que pueden liquidarlo y, lo que es peor, liquidar una oportunidad de recuperación histórica para el país que no puede ni debe ser desdeñada.

Nota

1) Véase Autonomía porteña, la histórica jugada magistral de la reacción, por Federico Bernal, nota aparecida el 31 de julio en el diario Tiempo Argentino.  

Nota leída 3399 veces

comentarios