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24
ABR
2011

La polémica de los intelectuales

Mario Vargas Llosa.
Mario Vargas Llosa.
El tumulto generado a partir de una provocación involuntaria perpetrada por Horacio González en torno a Vargas Llosa, ha devuelto a primera plana un tema de gran importancia: la vinculación de la cultura con la vida política.

El ruido montado en torno del caso de Mario Vargas Llosa se ha incrementado con las declaraciones de Fernando Savater y los detonantes exabruptos del Jefe de Gabinete del gobierno nacional Aníbal Fernández, quien embistió contra los dos escritores con una dureza que uno ya no sabe si ha adoptado como su marca de estilo o si refleja, por el contrario, de veras su propio temperamento. Un poco alterado quizá, en los últimos tiempos, por la que se dice sería su inestable posición en el gabinete.

El papel político de Vargas y de Savater en el panorama cultural contemporáneo es sabido: son liberales que anteponen las premisas genéricas de este credo a cualquier otro tipo de consideraciones. Aunque se proclamen defensores de la libertad, no parecen (en el caso de Vargas Llosa al menos) tener una idea clara de cómo se vincula este principio con el respaldo a políticas y figuras que no se compadecen en absoluto con él. El espaldarazo de Vargas Llosa a la invasión a Irak y su elogio a las teorías y políticas económicas de Hayek, Friedman o Pinochet no dan la sensación de pertenecer al reino de los derechos civiles y humanos o poder compaginarse con estos; y en cuanto a las afirmaciones de Savater en el sentido de que, para él, hablar del peronismo equivale a hablar sobre un “tiranosaurio rex”, más que a un esfuerzo de comprensión ponderado parece deberse a una infatuada presunción de intelectual orgánico, que no termina de entender una realidad argentina que requiere de algo más que de epigramas ingeniosos para ser abordada. En especial si, como es el caso de Savater, la mirada sobre esta proviene de un intelectual europeo.

Para ser francos, hay que confesar que todo este barullo se originó en una desafortunada ocurrencia del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, en el sentido de enviar una carta a la Cámara del Libro protestando por haber invitado a Vargas Llosa a pronunciar el discurso de apertura en la Feria que se está celebrando en Buenos Aires. Que esa misiva no haya implicado en absoluto un veto a la presencia y la libertad de palabra del escritor, no la hizo menos torpe, hasta el punto de que hubo de salir la presidenta Cristina Fernández al cruce de la misma, para atenuar los costos políticos de un acto que significó, de parte del director de la Biblioteca, haber “pisado el palito”.

Pero no hay mal que por bien no venga. El patinazo de González hizo necesario plantear la cuestión cultural a nivel mediático, y la verdad es que la cultura es un frente de batalla donde es preciso batirse. Hay muchas cosas en juego en este campo. En primer término, la independencia y la maduración crítica de nuestro vasto estrato intelectual de clase media. Y luego la comprensión necesariamente histórica de la cultura como expediente para acercarnos, con una mediana posibilidad de éxito, a la maduración que es necesaria para practicar el cambio estructural que el país necesita. Crecer implica un trabajo de objetivación de los problemas que no implica neutralidad frente a ellos, sino la escogencia de una posición que no responda tan solo a la pasión del momento sino a un esfuerzo de comprensión sintética de fenómenos a menudo contradictorios.

Creo que no hay que plantearse las cosas a la tremenda, pero que hay que esforzarse por moverse con decisión para adquirir una comprensión que sea nacional y a la vez abierta de nuestro problema cultural, que es una sola cosa con nuestro problema identitario. De ahí que la vertiente sociológica del análisis literario deba ir de la mano con la comprensión de las excelencias o deficiencias del producto artístico, pero tratando de evitar, en lo posible, el denuesto polémico. Sin duda este hizo falta en la época en que nuestra conciencia nacional estaba muy opacada por la preeminencia del aparato cultural oligárquico y por la primacía absoluta de la narrativa oficial (léase mitrista) de nuestra historia. Pero desde entonces ha corrido mucha agua –y no poca sangre- bajo el puente. El muro de la cultura oficial fue batido en brecha y aunque subsiste en muchos tramos, la exigencia ahora no pasa tanto por la demolición como por la construcción de una conciencia distinta. Y esta es una tarea que no puede realizarse con métodos sólo agresivos: la persuasión amistosa y el convencimiento espontáneo son la argamasa que más conviene para unir el nuevo edificio.

En este plano de consideraciones, respetar la libertad de criterio en cualquier intelectual de valía es una premisa insoslayable. El caso de Vargas Llosa es muy interesante, más allá de lo irritante o indignante que para nosotros resulten algunas de sus posiciones políticas. Vargas Llosa fue en sus comienzos un defensor de la revolución cubana y luego varió su posición orientándola primero hacia una suerte de socialdemocracia y después a un liberalismo de derechas de carácter extremo. Su conversión fue de la mano con el acentuarse del blindaje del castrismo y su represión de la libertad de debate interno, así como con la supresión de la “primavera de Praga” por los tanques rusos en 1968. En su evolución posterior privilegió la libertad intelectual por encima de cualquier otro tipo de consideraciones, lo cual lo terminó tornándolo afín al discurso del sistema-mundo de impronta neoliberal. Vargas Llosa no comprendió, aparentemente, que para los disidentes de la globalización esta presunta libertad intelectual no suele ser otra cosa que la oportunidad de hablar en el vacío, pues si un discurso no sintoniza con el del sistema imperante, no suele encontrar canales valederos por donde verterse. Se puede entonces hablar y escribir todo lo que se quiera, sin encontrar los medios para vehiculizar el mensaje; o bien este, trasvasado por canales exiguos, es silenciado o anulado por la resonancia de un discurso oficial que, por obra y magia de su multiplicidad y sus decibeles no es sino otra forma del discurso único que tanto molesta al escritor peruano cuando aquel se manifiesta, toscamente y de manera directa, en la censura que ejercen las dictaduras burocráticas. Hecho que, dicho sea de paso, no rige hoy en Argentina, donde existe una libertad de prensa total, dato que no obsta para los monopolios mediáticos y la asociación empresaria abroquelada en la SIP se rasguen las vestiduras al avizorar la puesta en vigencia de una ley de medios que podrá consentir que se escuchen voces que difieren de las del sistema que ellos encarnan…

Una vez puesto en el andarivel de la consagración de la industria editorial, suponemos que Vargas Llosa se dejó ir por la pendiente de la comodidad que da la coincidencia del propio discurso con el discurso dominante. No vamos a incurrir en la ingenuidad de imaginar que esta trayectoria haya sido del todo inocente. La firme adhesión de Vargas Llosa a hechos y figuras como los que mencionamos antes y su guerrilla intelectual contra todo lo que huela a “populismo” está demasiado bien sincronizada con las pautas del discurso vigente para que creamos que lo mueve sólo una comprensión desinteresada de la democracia. Uno diría que más bien representa una toma de partido determinada por la revancha que en él se han tomado sus orígenes sociales: tras su etapa de rebelión juvenil, el señorito arequipeño y limeño se reconoce en una visión del mundo gobernada por las élites. Aunque uno se pregunta dónde pueden estar esas élites, esos segmentos escogidos de una sociedad moderna fundada, por el contrario, más bien por la práctica del saqueo, el cinismo, la desinformación y la mentira.

Por otra parte, Vargas Llosa se ha prodigado en afirmaciones muy netas en torno a lo que él llama “la decadencia argentina”, poniendo como parámetro del país ideal la plenitud que nuestra patria habría alcanzado en los tiempos en que la nación estaba regida por la oligarquía vacuna. Esto es, cuando éramos un país abierto al mundo –entiéndase por esto un país sin regulaciones aduaneras-, gobernado gracias a la proscripción o el fraude y poblado por la cuarta parte de los habitantes que tiene ahora. De los cuales una porción muy considerable carecía de las libertades básicas de educarse y alimentarse en forma adecuada. El problema argentino, contrariamente a lo que afirma el escritor peruano, provino de la incapacidad para renovar el país que ostentó el sector dominante, aunado a su paralela capacidad para impedir que los movimientos que intentaron hacerlo pudieran alterar a fondo el modelo parasitario en que se fundaba esa gestión. Esto significó la imposición periódica de dictaduras militares -1930-1932, 1955-1958, 1967-1973, 1976-1983- de las cuales la última procedió a un intento de fractura de la sociedad real para readecuarla a los parámetros del país factoría. El experimento se profundizó mucho más en el período posterior y en especial durante la gestión de Carlos Menem, cuando las pautas del capitalismo salvaje se aplicaron sin contemplaciones sobre un organismo social agotado por el trauma de las experiencias vividas: represión, inflación, golpes de mercado y pauperización.

La evidencia de este proceso es soslayada por Vargas Llosa, quien confunde la libertad con la libertad de la concentración monopólica, representación esta última de la aniquilación de todas las libertades…

Digamos para terminar que es una lástima que el tumulto polémico haya coartado la ocasión de preguntarle al autor de La ciudad y los perros un poco más sobre literatura. Campo que él domina de veras y donde explaya (como a menudo sucede con los artistas) unas preferencias que van exactamente a contracorriente de sus convicciones políticas. Pues es difícil que sus admirados Victor Hugo o León Tolstoi hubiesen suscrito los puntos de vista que Vargas Llosa sustenta en materia de política y economía.

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