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23
OCT
2010

Entre la provocación y la estupidez

No es sencilla la gestión de un país donde las supervivencias del matonaje menemista y la persistencia de un no-pensamiento estancado en el lugar común, siguen haciendo de las suyas o encerrándose en la inmovilidad mental

El asesinato del militante del Partido Obrero a manos de una patota de la Unión Ferroviaria merece una condena categórica y, por cierto, tal como lo expresó la Presidente, requiere una investigación implacable que lleve ante la justicia a los autores materiales e intelectuales del hecho. Sin ponernos conspirativos, en efecto, entre los motivos que pueden haber estado en el fondo de esta salvajada que nos retrotrae a los años oscuros, bien puede estar presente la provocación, la búsqueda de ese muerto que Joaquín Morales Solá especulaba esperanzadamente podría arrojársele al gobierno.

La violencia, sea política o gremial, es inadmisible. Y en la coyuntura actual cumple una función inequívocamente reaccionaria. El gobierno nacional está siendo asediado por una campaña de prensa feroz y por un sabotaje parlamentario que tienden a acorralarlo antes de que se diriman las elecciones del 2011. Pese a su irreprochable hoja de ruta en materia de derechos humanos y de su a veces exasperante cuidado en no reprimir, incluso en situaciones tan intolerables como el corte de los puentes internacionales y el bloqueo alimentario a las ciudades practicado por la gringocracia sojera, apenas conocido el trágico acontecimiento producido en Barracas diferentes vertientes de la oposición se apresuraron a buscar cuanta veta pudieran encontrar para achacarle alguna clase de responsabilidad. Sin atender a que los sicarios que abrieron fuego contra los manifestantes del PO pertenecían a un grupo que está enfrentado a la actual dirección de la CGT ejercida por Hugo Moyano, de alguna manera tendieron a incluir a todo el aparato sindical en la condena, y a involucrar al gobierno como responsable “moral” del episodio, a partir de la supuesta pasividad de la Policía Federal.

Los más encarnizados de estos fiscales provinieron de la izquierda… abstracta, para llamarla de alguna manera. De quienes se agrupan en torno de Claudio Lozano, Pino Solanas o Vilma Ripoll. Los dos últimos compartieron sin empacho la mesa con Mirtha Legrand, emblema del cholulismo empingorotado y arquetipo del medio pelo que tan bien definiera Jauretche. Y no olvidemos que Mariano Grondona, hace unas semanas, manifestó un sutil e irónico regocijo al decir que de un tiempo a esta parte siente a “Pino más cerca, curiosamente más cerca” de lo que había supuesto podía estarlo en el pasado.

Es obvio que la izquierda boba está reiterando el papel que una y otra vez desempeñó contra cuanta expresión popular llegada al gobierno se le cruzó por delante. Con tal de oponerse y de vocear sus intenciones revolucionarias no le importa aparecer frotándose con la derecha más recalcitrante, como en el palco de la Mesa de Enlace.

Ahora bien, el tema es más serio que las acrobacias ingenuas o estúpidas de la ultra. Su militancia encapsulada no es un tema grave salvo cuando es utilizada por la derecha para usarla como ariete contra el gobierno. El verdadero problema reside en la persistencia de una actitud conspirativa en el seno de la corporación oligárquico-política, que aprovechará cualquier oportunidad para desestabilizar al gobierno, no por lo que no ha hecho o ha hecho mal, sino por sus virtudes y la fuerza transformadora de algunas de sus iniciativas. La presencia de un sector gremial corrupto en el esquema del poder en Argentina deviene de la descomposición estimulada por el gobierno de Carlos Menem. Algunos elementos de ese sector incluso están entongados con los propietarios de ex empresas estatales licitadas por el menemismo y son proclives a ejercer violencia contra los trabajadores tercerizados que constituyen la mano de obra barata que surgió al conjuro del neoliberalismo. Este sí es un asunto muy grave con el que las autoridades deben lidiar. Hay que limpiar el estiércol de los establos de Augías y, como se cuenta en el mito griego, ese cometido puede revelarse difícil, aunque no sea imposible. También se hace indispensable saber cómo trabaja la Policía Federal en algunos de sus niveles; la posibilidad de que esa fuerza haya actuado por omisión, dejando una zona “liberada” en ocasión de los incidentes del jueves en Barracas, nos retrotrae a épocas que se creían superadas y cabe que indique la existencia de campos minados en los cuales el gobierno puede en cualquier momento “meter la pata”, para hablar mal y pronto.

Hay sin embargo, en torno de todo esto, un problema que impregna a todos los otros. La ofensiva contra el Ejecutivo toma ventaja del negativismo en que se encastilla gran parte de la clase media. A poco que se escuchen los comentarios de la gente con la que cabe rozarse en la calle, en los shoppings, en los consultorios odontológicos o médicos, la tónica de sus decires está impregnada de un malhumor que trasuda odio respecto de la Presidente y su marido. Cuál es la causa de esa disposición rencorosa resulta para mí un misterio, pues por lo general no se trata de gente a la que le vaya mal, sino más bien al contrario. Se puede aducir que la evaluación de un gobierno no tiene porqué estar atada a razones individuales y que puede proceder de una estimación ética de los procederes de este. No hay duda de ello. Pero convengamos en que si este gobierno –como cualquier gobierno- ha cometido errores o tiene culpas, no se las compara ni remotamente con las cometidas por todos los que lo antecedieron a partir de 1975. Asimismo cabe remarcar que, si a nuestro entender hasta ahora ha faltado el compromiso a fondo que es necesario en ciertas cuestiones estratégicas, la orientación general de sus acciones tiende a revertir las barbaridades y la devastación generadas en forma deliberada por las administraciones que lo precedieron.

Hay una cerrazón mental en una parte del estrato medio que parecería hablarnos de una negativa a crecer y de una especie de mala voluntad asimilable al infantilismo. Mucho de esta minoridad intelectual puede proceder del lavado de cerebro que proviene de la indefensión ante el discurso único que gestionan los monopolios de la comunicación y sus diligentes escribas y propaladores, los cuales machaconean e manera sistemática y perversa el mismo disco desde hace décadas; o, si se quiere, desde hace más de una centuria, si nos atenemos a los lugares comunes del discurso que históricamente ha seducido al medio pelo. Pero también parece evidente que hay un infantilismo derivado del capricho y de las ínfulas propias de quienes están inseguros de su propio valor y que antes que abrir los ojos a una realidad que podría romperles la autoestima, prefieren escuchar a su propio prejuicio. “Grasas”, “negros de mierda”, “bolitas”, “perucas”, “gordos” y por supuesto “yegua” y otras lindezas de peor tono, exhalan un racismo banal y un machismo de la peor especie.

Romper este bloque de estupidez, hendir esta neblina, no es tarea simple. Se puede llevar a un caballo al agua, pero no obligarlo a beber, dice el refrán. Pero siempre es posible pasarse de él. Después de todo, existen otros medios de locomoción. ¿O no?

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