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02
OCT
2010

El golpe en Ecuador

El episodio de Quito no puede juzgarse si no se lo visualiza en el entorno latinoamericano y en el marco de la desestabilización del subcontinente que arrancó con el golpe en Honduras.

Hay varios datos que resaltan en la crisis ecuatoriana. El primero cae por su propio peso. La asonada policial, que en un primer momento se quiso definir como el emergente de una protesta laboral, fue una intentona de golpe de Estado, acompañada de por al menos un sector de la Fuerza Aérea, que proveyó a una oportuna clausura de aeropuertos, y por una gama de fuerzas civiles de las que el exponente más evidente es el coronel y ex presidente Lucio Gutiérrez, un aventurero político, que pasara de remedar a Hugo Chávez a convertirse en un diligente servidor del establishment neoliberal y que desde Brasil aprovechó la ocasión para reclamar el llamado a elecciones.

Otro elemento destacable fue la fulmínea reacción de la Unasur que, una vez más, tras la crisis entre Colombia y Ecuador y el frustrado intento secesionista de Santa Cruz de la Sierra, salió a la palestra con una unidad de criterio que demuestra que, a pesar de todas las diferencias que pueden separar a los gobiernos de Suramérica, esta parte del mundo ha generado una conciencia geopolítica inédita en nuestra historia desde que el sueño unificador de San Martín y Bolívar naufragara tras “arar en el mar”, según la bella metáfora del prócer venezolano. Como señaló el presidente Evo Morales, “ya no necesitamos que alguien resuelva (nuestros problemas) desde arriba y por fuera de Latinoamérica”.

A diferencia del chirle pronunciamiento de la OEA, la Unasur reaccionó al golpe anunciando, momentos después de haber sido neutralizado este, que de aquí en adelante los países miembros dispondrán sanciones concretas, como un efectivo bloqueo comercial, en cualquier caso de ruptura del orden institucional en la región.

Esto es importante y meritorio. No debe, sin embargo, hacernos incurrir en un optimismo fuera de lugar. Sobre todo porque los gobiernos de carácter democrático y progresivo en Iberoamérica pisan sobre un cristal quebradizo. Lo de Ecuador fue una asonada que pudo haber tenido éxito, como la tuvo el golpe en Honduras. La desestabilización social y el caos inducido y fogoneado por una prensa que en su aplastante mayoría pertenece al arco de intereses de donde fluye el discurso único de la globalización neoliberal, son factores de riesgo que conocemos bien.

Es esencial, en efecto, comprender el episodio ecuatoriano en el marco de una situación continental caracterizada por la presión que el Imperio ha resuelto ejercer en la región. Tras la devastación causada por los experimentos de “la doctrina del shock” típica del “consenso de Washington”, Suramérica reaccionó con éxito a través de una serie de experiencias diversas, de un calibre a veces distinto, pero en cualquier caso reorientadas hacia sí misma. El rechazo del ALCA y la consolidación de proyectos como el Mercosur, el ALBA y la Unasur, más el surgimiento de gobiernos de tinte populista o virados a una moderada centroizquierda, no son del gusto de Washington. El gobierno de Barack Obama, más allá de las genéricas banalidades humanitarias de su discurso, no puede alterar las coordenadas de la política de potencia. El Pentágono y la CIA siguen tirando los hilos y definen, a veces soslayando al Departamento de Estado para no comprometer la bandera, las líneas maestras de la política exterior norteamericana.

No se puede disociar al golpe en Ecuador de las sospechas que rodearon al episodio hondureño y de las certezas que impregnan a las operaciones de la CIA en Venezuela y Bolivia; en especial a través de la manipulación de las poblaciones indígenas por medio de las ONG, las Organizaciones No Gubernamentales que con frecuencia le sirven de tapadera y de agentes en el terreno.

En el caso ecuatoriano los “agravios” al interés estadounidense cometidos por la gestión del presidente Rafael Correa no son pocos. La auditoría de la deuda externa y la nacionalización del Banco Central, pero muy especialmente la decisión de no renovar el acuerdo para el mantenimiento de la base de Manta, que obligó a los militares norteamericanos a dejar el país, son elementos que, para la mentalidad imperial, resultan imperdonables.

La pata local de la inserción imperialista en la región suramericana ha sido casi siempre, junto al entramado político y económico que vive en simbiosis con aquella, las fuerzas armadas. Salvo en los casos que resultaron en movimientos populares como el emenerrismo en Bolivia, el chavismo en Venezuela, el velasquismo en Perú o el peronismo en Argentina -que son el factor que más inquieta al Imperio-, salvo en estos casos, digo, los estamentos castrenses estuvieron educados en la subordinación ideológica y profesional a Estados Unidos a través de la Escuela de las Américas. En Ecuador esa impronta filoyanqui parece seguir estando grabada en los mandos de las instituciones armadas. El discurso del comandante en jefe del ejército, de aparente respaldo al presidente Correa, estuvo teñido de un matiz amenazador, extorsivo casi, cuando estimó que derogar la ley que había servido de pretexto al putsch y que reducía prebendas a los empleados públicos, era un factor necesario para sanar la crisis… Este señor no debía opinar, sino apoyar al presidente y comandante en jefe, y a la Constitución vigente.

No nos engañemos, pues. Y no nos traguemos, por favor, las elucubraciones semánticas de un analista como Rosendo Fraga, que tiene el tupé de definir lo de Ecuador como un “motín” y no como un intento de “golpe de estado”. Lo sucedido en Ecuador no se puede disociar del golpe en Honduras, ni de la instalación y libre circulación de los marines en Costa Rica, ni de la reactivación de la IV Flota en el Caribe, ni de la presencia de efectivos norteamericanos en Paraguay, ni de los ataques frontales de los medios contra Cristina Kirchner, Lula da Silva, Fernando Lugo o Hugo Chávez, que apuntan en mayor o menor medida a desestabilizar unas experiencias que van, la mayoría de ellas, a contracorriente de los parámetros de la ortodoxia económica.

Y mañana se vota en Brasil. El establishment mediático-financiero de ese enorme país siente una especie de rechazo de piel contra Lula, rechazo que viene a bañar también las espaldas de la candidata a la que Lula apoya, Dilma Rouseff, a pesar de que esta tiene una visión de la economía aun más moderada que la del jefe del Partido Trabalhista. Las encuestas dan a Dilma un descenso en su apreciación del voto, que tal vez la obligaría a ir a una segunda vuelta; pero, vaya uno a fiarse de las encuestas…

En Argentina el mapa político sigue siendo complicado. Hay una buena probabilidad de que los Kirchner alcancen la victoria en la primera ronda de las elecciones previstas para el año próximo, pero con una serie de incógnitas que devienen de lo problemático que resultan para ellos los futuros guarismos en tres de los cuatro más importantes distritos electorales: la Capital Federal, Córdoba y Santa Fe. Sólo en la provincia de Buenos Aires –el más pesado colector de votos de la República- podrían tener los Kirchner, quizá, una ventaja clara. Dice un interesante análisis publicado en La Nación –que no en vano es el diario que condensa los intereses de nuestra clase dirigente histórica y fue fundado por quien más responsabilidad tuvo en la gestación de nuestro sistema de poder- que frente a esta situación el kirchnerismo tiene en su seno a dos grupos que discuten acerca de cómo gestionar y amplificar el poder político: uno que reivindica el choque directo con las corporaciones mediática, financiera y empresaria que siguen controlando los ámbitos claves de la gestión del país, y otro que buscaría más bien canales de diálogo con esos grupos. Uno no puede dar consejos desde aquí, pero recordemos que la primera de esas líneas fue la que sacó al Frente para la Victoria del pozo en que había caído después del rechazo de la 125 y del revés electoral del 28 de Junio.

Hay muchas cosas moviéndose en el aire por estos días en los países del subcontinente. No se puede subestimar su amenaza. El referente ecuatoriano, aunque no cabe que se repita en todas partes al pie de la letra, nos debe enseñar que el enemigo nunca duerme y que nada lo dejará contento. Hay un difícil camino a recorrer. Quien viva, verá.

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