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05
JUL
2010

Una lectura política del Mundial

En la sociedad, como en la naturaleza, todo tiene que ver con todo. La participación argentina en el Campeonato Mundial de fútbol trae el eco de antiguos y presentes condicionamientos nacionales.

Estas semanas han estado dominadas por el fragor del Mundial de fútbol. Como no podía ser de otra manera en estos tiempos de puja electoral, se intentó vincular esa competencia deportiva con los intereses de parte que se dividen el espectro político argentino. La prensa se constituyó en la punta de lanza de esa disputa. Cosa que sucede, por otro lado, desde hace ya tiempo, hasta el punto de que la pelea entre el monopolio Clarín y el gobierno se ha convertido en el referente del enfrentamiento de dos modelos sistémicos: el propulsado por la mayoría de la oposición, que no es otra cosa que el del retorno a las prácticas económicas neoliberales de la década del ’90, y el del oficialista Frente para la Victoria, que ensaya un cambio –muy incompleto, pero significativo-, respecto de los parámetros que sumieron al país en el desastre del 2001-2002.

El caso es que la pasión que despierta ese tipo de acontecimiento deportivo fue convertida en una oportunidad para hacer palanca en la opinión pública a fin de allegar agua al molino del gobierno o al del variopinto frente opositor, en especial a esa difusa masa de clase media obsesionada por quedar bien ante la mirada europea y acomplejada por los rasgos extemporáneos, extremosos, poco modosos y si se quiere insolentes que en ocasiones despliega Diego Maradona, el director técnico de la selección. Esta vez “el Diego” se comportó de manera ejemplar, pero eso no bastaba; Maradona hace ya muchos años que se ha convertido en una bestia negra para el establishment, y también en la figura ideal para convertirla en el blanco de un desprestigio que, por elevación, apunta a convencer a los sectores populares de nuestra ineptitud como nación y, por ende, del carácter predestinado de nuestra situación de dependencia. Aunque no se lo diga, hay una ecuación subliminal que busca, a través de la demolición de las figuras que son emblemáticas para las corrientes populares, persuadirnos como pueblo de nuestra incapacidad para labrarnos un destino.

El extrovertido y, en el pasado, con frecuencia extraviado Maradona, es el chivo emisario perfecto para este tipo de emprendimiento negador. También, mal que les pese a los propagandistas del país arrodillado, es un ejemplo de capacidad de recuperación y una demostración de la aptitud para la improvisación genial que es también uno de los atributos argentinos. Desde luego, este último rasgo, sobredimensionado, se convierte en un peligroso handicap que nos viene costando caro y no precisamente tan solo en el campo de juego.

Pero, y aquí está el quid de la cuestión, lo que desde la desdeñosa superioridad que afectan intelectuales como Tomás Abraham (“el patrioterismo desplegado en el Mundial me hace casi desear que pierda la Argentina”) es un intolerable déficit, desde una visión menos arrogante se puede constituir en una virtud potencial. Potencial porque está en bruto, porque debe ser desarrollada y acomodada al discurso de una razón flexible. Pero que no puede ser despreciada en aras de la pretensión de mirarnos en un espejo que no es el nuestro. La morfología argentina se ha compuesto –o descompuesto- por la escisión conceptual que planteara la brutal antinomia entre la civilización y la barbarie. La esquizofrenia nacional deviene de esa divisoria, pues los próceres del unitarismo que configuraron a la república estaban tan encandilados con el espejismo europeo que despreciaron al país real que tenían bajo sus pies y, lejos de nutrirse de él, corrigiéndolo y mejorándolo con la aportación de sus luces, pretendieron exterminarlo para sustituirlo con un país de importación. La tierra se cobró su revancha, por cierto, reproduciendo en la inmensa mayoría de las masas inmigrantes que vinieron a habitarla tanto las virtudes como los vicios que la informaban…

La peripecia argentina en el Mundial de fútbol ha estado impregnada de alguna manera por este tipo de razones. La improvisación maradoniana, la creencia en que la espontaneidad de los delanteros iba a suplir las fallas defensivas, la forma casi suicida en que se salió a jugar con Alemania, estuvo un poco determinada por esta herencia. No es la primera vez que pasan cosas parecidas. Acordémonos de la performance de Gatica saliéndole a guapear al campeón del mundo y recibiendo un correctivo demoledor que lo sacó de la pelea en el primer round…

No son cosas estas, evidentemente, que haya que aplaudir. Pero que sí conviene comprender en la complejidad de sus raíces, para no hacer del responsable de la jugada el chivo expiatorio de una responsabilidad compartida, en primer lugar, por quienes se esfuerzan en tirar a menos los motivos de orgullo de los que puede jactarse el pueblo.

Hay otro punto que es, a mi modo de ver, conmovedor en la repercusión que tuvo el torneo mundial en este país. Este fue la manifestación de un patriotismo espontáneo que enhebró con el expuesto durante el festejo del Bicentenario. El público no sólo siguió con esperanzado fervor la marcha de la selección sino que, cuando se produjo el contundente (por no decir catastrófico) 4 a 0 con Alemania, no viró hacia una posición opuesta, de acerba denostación, de acuerdo a ese exitismo que tanto se nos reprocha desde de las sedes del prestigio intelectual y de los más enquistados núcleos de poder. Al contrario, la llegada del equipo fue acogida con entusiasmo por miles de personas, que cobijaron con su afecto a quienes sin duda, más allá del profesionalismo, nutren un fervor patrio que pusieron de manifiesto en la entrega que tuvieron en todos los pasos de este campeonato.

Este reconocimiento para quienes nos representaron en un acontecimiento deportivo que, admitámoslo, después de todo no puede ser sobredimensionado más allá de sus límites naturales, nos hizo pensar, con dolor y todavía con ira, en el escamoteo de la recepción que debió haber arropado a los vencidos de Malvinas. Pocas cosas como esa amputación, como ese robo del calor popular, habla más a las claras de la desesperante mediocridad de nuestros estratos dirigentes. Los militares todavía enancados en el poder en 1982 dieron muestras de una mala conciencia y de una horrible cortedad de miras al negar a los soldados y oficiales que volvían el abrazo del pueblo. Abrazo que necesitaban para no sentirse solos en su sacrificio y para hallar un sentido a su misión. El mismo acto frustró también al pueblo que necesitaba verter su amor en quienes habían sufrido por él y, de esa manera, expresar también su sentimiento por quienes habían dejado sus huesos en la turba malvinera o en el mar. Pero no fueron solo los jefes militares de la Junta los que dieron muestras de esa cobardía: la clase política que en las dos décadas siguientes motorizó la “desmalvinización” no fue menos responsable de un desencanto que costó la vida de muchos de los que vivieron esa experiencia como un abandono.

El Mundial ha pasado para la Argentina. Poner esa experiencia quizá mínima en el orden de las conexiones que arman el entramado de la psicología nacional, no estará de más, sin embargo. Pues ello nos permitirá acercarnos a sus secretos no tan arcanos, pero que no suelen ser tomados lo suficientemente en cuenta como para permitir que los dilucidemos.

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