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08
OCT
2009

La despolitización

La despolitización argentina, derivada en gran parte del lavado de cerebro practicado por los medios masivos desde hace décadas, tiene en anchos sectores la clase media a su expresión más desagradable y paralizante.

El campo de visión en la política argentina suele estar acotado por el lugar común instituido por los medios, pero también, y en no escasa medida, por el prejuicio de parte de la clase media en contra del peronismo, cuyos elementos turbios y contradictorios la rechazan. Este rechazo, sin embargo, no suele ser exteriorizado por ella en la misma medida respecto de fenómenos similares que han caracterizado y caracterizan al establishment económico y a otras fuerzas partidarias presentes en nuestra sociedad. Ese prejuicio es el reflejo –que varía en sus matices a través del tiempo, pero que traduce una misma hostilidad-, de una opinión condicionada por la presión que ejerce un aparato cultural que va de la solemnidad de la historia oficial forjada por la oligarquía, a la aparente independencia de esta proveniente de un progresismo que tiende a coincidir empero con aquella en su común rechazo a ese movimiento popular. Coincidencia que se hace más evidente que nunca en los momentos críticos, en los cuales derechas e izquierdas embisten, desde los dos costados del espectro político, contra el peronismo cuando este se encuentra en apuros.

No desearía hablar en primera persona, pero en este caso no hacerlo así sería artificial: que quede claro que yo no soy peronista. Para mí, sin embargo, como para muchos otros, ese movimiento, con sus altibajos, sus errores, sus corrupciones y su a veces inconmensurable torpeza, fue el hecho que más profundamente agitó a la sociedad argentina en el último medio siglo y que merece, por lo tanto, una visión más precisa, sistemática y comprensiva de sus aciertos y fracasos. La izquierda nacional explicó en forma reiterada desde 1945 para acá, la naturaleza del fenómeno: un movimiento popular puesto bajo la advocación de una dirección bonapartista –o populista, si se quiere- que venía a desempeñar la función vicaria de una burguesía nacional que no se veía ni se ve por ningún lado. (1)

Para llenar esa misión llamó a las masas, hasta entonces desprovistas de una dirección estratégica, les otorgó un estatus social y, en consecuencia, las nacionalizó en una medida en que nunca lo habían estado antes. El movimiento no pudo llevar adelante su proyecto en su totalidad por la feroz hostilidad que despertó en los sectores vinculados al imperialismo o influidos por este, y por razones que hacían a sus propios problemas internos y a la incapacidad de resolverlos como no fuera a través de la presencia autoritaria de un líder carismático que no se proponía tener iguales y que, cuando sus fuerzas se agotaron, fue incapaz de controlar la crisis intestina de su partido. Pero este conflicto interno en definitiva no era otra cosa que la evidencia, en el seno del movimiento nacional, de la insuficiencia de este para darse una ideología coherente y persistir en su propio proyecto. Esto es, romper con una tradición intelectual dependiente concebida a la medida de los intereses de los grupos económicamente dominantes y forjar una nueva, orientada a una transformación revolucionaria de la sociedad.

Convengamos en que el peronismo de los orígenes, con sus méritos y sus deméritos, es hoy un fantasma del pasado. Sus estructuras fueron minadas de manera irreversible por el menemismo, que lo traicionó y saboteó por dentro y logró lo que sus enemigos externos nunca habían conseguido, esto es, abolir sus banderas tradicionales y liquidar el patrimonio físico e ideológico que, mal que bien, había hasta entonces custodiado.

Lo que tenemos ahora en el panorama político es conglomerado de facciones movidas por apetitos mezquinos, frente a un gobierno que expresa demasiado tímidamente la vocación nacional y popular de los inicios del peronismo y que sólo hoy, cuando se le ha hecho evidente que es imposible pactar con el enemigo y que este no le va a perdonar ni siquiera los atisbos de una acción contra el sistema, se decide tardíamente a tomar impulso y a atacarlo en los frentes que le duelen. En especial en la cuestión de las AFJP, de las retenciones al agro y de los monopolios de la comunicación que ejercen una virtual dictadura, disfrazada de pluralismo, sobre una opinión a la que bombardean con un discurso unívoco que se desploma desde la prensa gráfica, la radio y la televisión, discurso hábil para aprovechar los errores de imagen, reales o inventados, cometidos por el gobierno.

Alergias

Y bien, en este momento crítico de pronto vuelve a manifestarse esa repulsa de piel, en buena medida inducida pero de fácil penetración, en un amplio espectro de la clase media, respecto de esa “obstinación argentina”, como llama José Pablo Feinmann al peronismo. Un dato ha hecho patente esa animadversión por estos días. La famosa ley de medios. La ley de medios ha sido bombardeada desde todos los ángulos sin que se exhiba ni la sombra de una recusación legal o conceptual seria. Pero, como en el caso de la frustrada ley de retenciones al campo, ha servido como catalizador de la difusa antipatía que genera el gobierno en amplios sectores de la sociedad que no tienen intereses creados en los medios de comunicación, como no los tuvieron antes respecto de la renta agraria. La cuestión para ellos parece pasar más bien en la oportunidad que se les brinda para exteriorizar su antipatía para con un Poder Ejecutivo que, en verdad, no la merece, al menos de parte de quienes la profesan desde el rango social al que nos referimos. Que este ha sido un gobierno insuficiente en lo que hace a un proyecto de nacional de desarrollo lo dijimos más arriba y lo hemos mentado en repetidas ocasiones. Pero si evaluamos a los gobiernos que lo han antecedido, esa deficiencia empalidece.

Para algunos observadores, como Torcuato Di Tella, por ejemplo, este es el mejor gobierno que ha tenido el país desde 1930. Se trata de una apreciación más que discutible en lo referido a su accionar general, pero sin duda en lo vinculado a la calidad institucional e incluso a la transparencia administrativa esa aserción puede tomarse como cierta. ¿Qué tuvimos después del derrocamiento de Irigoyen? Una alternancia de gobiernos de facto con gobiernos constitucionales que rengueaban de una u otra pierna cuando de examinar su Curriculum cívico se trata. Los gobiernos del general Agustín P. Justo y del doctor Roberto M. Ortiz ascendieron al poder en base a la proscripción del radicalismo yrigoyenista o al fraude. No puede decirse lo mismo del peronismo, salido del pronunciamiento militar de 1943 y que revalidó sus legítimos títulos democráticos en las elecciones de 1946 y 1952; pero el estilo personalista, el acoso a la oposición y el control de la prensa no crearon un clima precisamente ideal para la instauración de un clima de debate público y originaron crispación en un sector muy grande de la ciudadanía, convirtiéndola en el basamento civil del golpe militar reaccionario que en Junio y Septiembre de 1955 se lanzó a demoler lo construido desde 1943. Siguieron otros 18 años signados por golpes militares e interregnos civiles, pero en todo momento estos últimos estuvieron deslegitimados por la proscripción del peronismo, situación que acabó en una convulsión nacional rematada por los “años de plomo”: los de la guerrilla, la represión y la dictadura.

En cuanto a los gobiernos que se sucedieron después de 1983, fueron democráticos en su forma, en la medida en que se basaron en elecciones libres, pero estuvieron informados por una unanimidad en la conducción de la política económica que venía a desmentir las plataformas propuestas durante las campañas electorales, hasta terminar en la orgía de corrupción de la década de los ’90. Comparado a estos antecedentes, los gobiernos de Cristina Fernández y Néstor Kirchner se proyectan como modélicos, pues hay la libertad de prensa más irrestricta –que permite incluso afirmar que esta no existe- mientras se impulsan iniciativas como la reforma del Poder Judicial, se esbozan algunas políticas de recuperación industrial y se corrigen las injusticias pendientes como consecuencia de la ley de Obediencia Debida.

Zonceras argentinas

Nada de esto basta sin embargo para moderar a los críticos. Los epítetos más increíbles como autoritario o fascista, por ejemplo, caen de la boca de Elisa Carrió, cuando concurre a la televisión ostentando su bronceado caribe y desgranando profecías apocalípticas. Como pronosticarle por ejemplo a la “pareja presidencial” un final equiparable a la del matrimonio Ceasescu en Rumania. La tal vez exagerada actitud no confrontativa del actual gobierno contrasta con las afirmaciones de este tenor. La corriente de opinión superficial que exterioriza su rechazo a los Kirchner, empero, parece aprobar esos dislates y no tomar conciencia de que este gobierno, pese a su falta de proyecto estratégico, a su propensión de proclamar iniciativas que luego quedan en agua de borrajas, a la presunta falta de probidad en las estadísticas del Indec y a los casos de corrupción que se sospechan en algunas áreas, ha tenido iniciativas de carácter popular y progresista que han ido en el buen sentido, como en el caso de la sostenida actualización de las jubilaciones, una política exterior atenta a dar prioridad a las relaciones latinoamericanas, el intento fallido de gravar la renta agraria y el empeño por democratizar la comunicación rompiendo el monolito de las dos o tres grandes cadenas que concentran la información y el espectáculo en Argentina.

Frente a este manojo de realidades, sin embargo, parece pesar más el prejuicio (entintado de racismo, en muchas ocasiones) de un sector de la clase media que no atiende a razones. Se siente ofendida no se sabe bien porqué. En un ejercicio de realismo mágico tiende a atribuir a todos los gobiernos de turno (pero en especial a los peronistas) la culpa de las miserias (que no son tantas) que la agobian. No desarrolla el más mínimo esfuerzo por comprender los móviles que subyacen a las cosas que ocurren y se deja llevar por los humores coyunturales que la mueven. ¿Qué diablos quiere la clase media cacerolera que se obnubila rencorosamente por las carteras que porta la Presidenta o se hincha de indignación ante la inseguridad física que se deriva del aumento de la delincuencia? Quiere desahogar el berrinche que le provoca la vaga noción que tiene en el sentido de flotar en el vacío; es decir, quiere exorcizar su propia confusión, su haraganería intelectual para tratar de explicarse su desconcierto averiguando por qué suceden las cosas que suceden. Es más fácil propinar epítetos antes que ponerse a indagar sobre las cosas que nos molestan.

¿Percibirá esa masa amorfa las raíces de la crisis en que el país se debate? ¿Es capaz de tener memoria de los hechos que condujeron a esta? Los créditos internacionales transformados en deuda externa impaga y henchida de intereses acumulados contraída por un gobierno al que no eligió nadie, estuvieron en la base de este deterioro, al igual que el desguace del Estado por obra del consenso de Washington, del que fueron personeros muchos individuos que están hoy en la oposición y gran parte de los cuadros “disidentes” del peronismo. La tabla rasa que se hizo con la industria nacional en la época de la dupla Menem-Cavallo o De la Rúa-Cavallo fue el principio motor que expulsó a la periferia social a millones de personas, generando las condiciones de deterioro social que hoy se exteriorizan en ese aumento de la delincuencia que enfurece a la clase media. ¿Qué puede esperarse entonces de esa runfla de oportunistas y aprovechados si vuelven al gobierno? Se dice que los gatos escaldados no vuelven a probar la leche hirviendo. Pero pareciera que en nuestro país esa capacidad de aprender a través de una experiencia sensible no existe porque no hay memoria…

La oposición irracional al actual gobierno proviene asimismo de los grupúsculos de la ultraizquierda, que concurren a agitar las aguas (¡con gran sentido de la oportunidad!) justo cuando el ejecutivo se encuentra embarcado en un proyecto como la ley de medios que todos, estén a favor o en contra, juzgan estratégico. El conflicto de Kraft es, en efecto, una prueba de fuerza de una firma transnacional para forzarle la mano a los sindicatos y al Ejecutivo y para tantear los límites de este para conciliar entre las partes. En estas circunstancias, buscar el choque con la empresa más allá del marco de la protesta pacífica y ajustada a los cánones de la ley puede ser, en esta instancia, otra forma de apretar al gobierno. La incapacidad de mensurar las relaciones de fuerza en un momento dado ha sido el signo distintivo de la ultraizquierda en Argentina, y ha sido expresivo no sólo del accionar de núcleos muy minoritarios sino también de esos desprendimientos iluminados de la clase media que conformaron a la guerrilla en los años de plomo. Sin que esto suponga negar su coraje ni la magnitud del sacrificio que ellos hubieron de afrontar.

Una cuestión de enfoque

El problema central de la Argentina es la dependencia económica y las sucesivas subordinaciones que esta impone en el plano intelectual, social y político. Pero si la primera no puede revertirse a partir de un voluntarismo que pretenda copar el poder contra viento y marea –como quedó demostrado en los ’70- entonces se hace evidente que el esfuerzo debe pasar por esa pesada y lerda batalla dirigida a modificar las pautas conceptuales que los cuadros medios aplican a la realidad política. Pasa por una tarea educativa o autoeducativa, en una palabra. Después de todo la generación de la JotaPé surgió en gran parte de hogares gorilas de clase media, a través de una rebelión que compaginaba la natural ruptura con los padres y el descubrimiento por los hijos de una realidad distinta de la que les habían enseñado. Al revés de lo que ocurrió por entonces, por lo tanto, bueno será comprender que ni los criterios autoritarios ni los dogmatismos de capilla pueden ayudar a crear esa base intelectiva que es necesaria para comprender el presente y preparar el futuro. En ese momento la inmadurez de las nuevas generaciones que descubrían al peronismo se dio de patadas con la realidad de un movimiento multifacético en el cual su jefe hacía difíciles equilibrios para llevar adelante un proyecto de revolución nacional que, de momento, tenía poco o nada de socialista. Los jóvenes querían rodear a Perón e imponerle su particular idea del cambio. Pero tropezaron con alguien que no tenía intención alguna de renunciar a sus poderes y que, además, como astuto realista de la política que era, sabía que el proyecto de los Montoneros no sólo iba contra él sino contra los componentes profundos de la sociedad argentina, que es individualista, más bien conservadora y para nada afecta a las aventuras colectivas. Al sentirse atacado, Perón reaccionó con la torpeza de un hombre viejo, agravada por la mediocridad siniestra del entorno del que se había rodeado. Cuando desapareció se hundió el último puente que restaba sobre un vacío anárquico que demandaba a gritos un ordenamiento. Este llegó, como era de prever, de las peores manos de las cuales podía salir: unas fuerzas armadas que se habían concebido a sí mismas como baluartes del antiperonismo y del anticomunismo a partir de 1955 y habían sido adoctrinadas en la Escuela de las Américas, pero que además estaban exasperadas por los continuos ataques de la guerrilla, que terminaron silenciando las diferencias de criterio que podía haber dentro de ellas, soldándolas en un solo bloque en el cual la capacidad de discernimiento era eclipsada por la arrogancia y la sed de venganza.

Nos pese o no, las vertientes nacionales del pensamiento, cualquiera sea su origen, han de estar preparadas para convivir unas con otras, sin pretender (por difícil que esto sea) una prelación que daría a unas más que a otras el rol de depositarias de las cartas de nobleza para mejor combatir al sistema.

No es fácil conseguir esta síntesis. Pero es el único camino que queda ante la amenaza de una eventual restauración oligárquica, que volvería a tensar las relaciones sociales en un país donde la gente pierde cada vez más la paciencia y la cabeza y, por consiguiente, la capacidad para comprender las cosas. La re-politización de la sociedad en el buen sentido del término es un expediente indispensable para salir de la crisis.

 

Notas

(1) La izquierda nacional es una corriente de pensamiento no vinculable al nacionalismo de matiz oligárquico, aunque no desdeñe las aportaciones de este al revisionismo. En buena medida deviene de FORJA, del trotskismo y del comunismo, y fue la primera en aplicar al populismo un análisis marxista capaz de ver a la Argentina como el producto de una deformación generada por su situación semicolonial y culturalmente dependiente de los grandes centros de poder global. Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui, Norberto Galasso, Rodolfo Puiggrós, Alfredo Terzaga, Jorge Enea Spilimbergo, Roberto Ferrero, José María Rosa, Fermín Chávez y muchos otros se contaron entre quienes realizaron las mayores aportaciones a la corriente. A pesar de haber ejercido una decisiva influencia intelectual en la nacionalización de los sectores medios y haber producido un corpus literario de gran magnitud, no goza de prensa, sus libros hoy no son fáciles de conseguir y su prestigio en la academia universitaria es nulo. Más que recusada, la corriente fue ninguneada con el silencio. De su reconocimiento o, mejor dicho, del debate en torno de sus postulados, cualesquiera sean las diferencias que se tengan con ellos, debería nacer la oportunidad para una nueva síntesis que sea capaz de operar sobre el cuerpo vivo de la Argentina de hoy.

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