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25
JUL
2009

El dilema de Cristina

"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar".
Como dijera Danton, en los momentos críticos de un proceso de cambio lo único que cabe es "audacia, audacia y siempre audacia".

La decisión que la administración kirchnerista tomó en el sentido de transformar en un cuasi plebiscito a las elecciones legislativas del 28 de Junio, ha dejado malparado al gobierno. En un comentario posterior a los comicios hicimos hincapié en que ante la nueva situación al Ejecutivo se le abrían sólo dos caminos: abdicar el curso que había asumido tímidamente en materia económica y social, o profundizarlo para promover la transformación estructural que el país necesita y en la que por cierto ninguna fuerza de oposición está interesada o en capacidad de hacerla.

La convocatoria al diálogo de parte de la Presidenta es un expediente correcto y políticamente necesario; pero dada la naturaleza del bloque ruralista y del conglomerado de fuerzas que se refocilan ante la posibilidad de reemplazar al actual gobierno para volver a actuar las políticas del desastre neoliberal, no deberíamos hacernos la menor ilusión de que de ese intercambio de pareceres vaya a salir algo bueno. De hecho, la actitud soberbia del bloque campestre y de los partidos que se esfuerzan en prenderse a él para subir juntos al gobierno en el 2011, ya está poniendo de relieve el giro inconducente que va a tomar el diálogo. La Mesa de Enlace, por ejemplo, se rehúsa a participar del Consejo Económico y Social a menos que sea convocada en exclusividad y que el diálogo abra su agenda a todas las cuestiones, entre las cuales cabe suponer que en primer término se cuenta la eliminación de las retenciones a la soja…

El oficialismo está fracturado: la traición de Julio “Cleto” Cobos fue la primera señal ostensible de una fragmentación que ahora se acelera a través del ataque de los “gordos” de la CGT contra Hugo Moyano y que con seguridad no tendrá fin, pues el tan mentado verticalismo del peronismo sólo funciona cuando la autoridad que lo preside es fuerte y puede asegurar una distribución atractiva de las prebendas anejas al poder.

Uno se pregunta qué diablos hacen en estas difíciles circunstancias el tan mentado progresismo y las fuerzas de izquierda que tanto protestaron por los desquicios del régimen neoliberal. Una parte de ellas –los intelectuales de Carta Abierta- acompaña al gobierno, pero las formaciones que militan en política práctica parecen estar más interesadas en atacar al gobierno que en proponer a este la generación de acciones conjuntas dirigidas a combatir al establishment. ¿Temen quedar pegados a la impopularidad que hoy acompaña al Ejecutivo? Esta ha sido generada en parte por el batifondo mediático y, de todos modos, el gobierno ostenta políticas que, así sea débilmente, van en el sentido de una mayor afirmación nacional y de una cierta protección social que a sus adversarios los tiene sin cuidado. Esto debería resultar decisivo para fuerzas que, como el Proyecto Sur, postulan un nacionalismo social a ultranza. Sin embargo, en el esfuerzo por desmarcarse del gobierno, tienden a olvidar que, más que contra este, sus cañones deberían dirigirse contra los reductos del régimen que ha regido este país casi sin intervalos desde los tiempos de la organización nacional. Sólo así podrían ganar ese protagonismo que están buscando, haciéndose expresivos de un rechazo categórico a una fórmula económica perversa, parasitaria y no generadora de empleo, fundada en la exclusiva persecución de la renta agraria, en la especulación y en la exportación de commodities sin valor agregado.

La amenaza de regresión socioeconómica que supone la actual situación no puede ser enfrentada sin un discurso esclarecedor y agresivo respecto de los problemas de fondo que aquejan al país. Entre ellos están la pésima distribución de la renta, fruto de la falta de una reforma fiscal progresiva; la carencia de una ley de comunicaciones audiovisuales que permita romper el monopolio de los grandes conglomerados de prensa, propaladores del discurso único del sistema; la necesidad de diseñar un proyecto de desarrollo a gran escala que haga hincapié en la industrialización y la potencie con la creación o la recuperación de una red caminera y ferroviaria; el fortalecimiento de las industrias para la defensa, abandonadas después de Malvinas y que tienen un efecto multiplicador en el campo tecnológico; la generación de una educación provista de elementos atractivos y capaces de dilucidar los problemas del país a partir de una comprensión realista de su historia, y una política sanitaria que llegue a todos los rincones de la nación. Estos son los temas centrales de cualquier diálogo y de cualquier política que se precie. Son muchos temas, pero todos están en el centro de la cuestión.

¿Están el gobierno y las fuerzas que podrían serle afines en capacidad de afrontar esta tarea? No cabe duda de que sí, si consiguen entenderse y, sobre todo, si están animadas de una voluntad combativa que, hasta ahora, se echa de menos o aparece reducida al mero discurso.

Aunque tarde, todavía se está a tiempo. El país no está malparado económicamente. Ni tendría porqué estarlo, a menos que se haga lugar a las políticas antifiscalistas que reclama la oposición y se pretenda reemplazar la tributación del campo con la apelación al crédito externo, como reclama la inverosímil Elisa Carrió. La corrección de algunos errores graves, gravísimos (la manipulación de las cifras del Indec, por ejemplo), y un comienzo de limpieza de los bolsones de corrupción que el gobierno tiene en su seno, podrían apuntar en el buen sentido si se los encara seriamente. Faltaría por supuesto lo más importante, que sería la puesta en marcha de los puntos que hemos resumido más arriba. Para lograr esto sería de enorme utilidad que los sectores de izquierda que hemos mencionado se decidieran a aportar sus pareceres en una proyección de apoyo crítico al gobierno, que lo cuestione, pero que también lo defienda de la ofensiva del aparato de poder tradicional, que hoy huele sangre y se engolosina ante la posibilidad destituyente.

Los riesgos de reversión a las políticas neoliberales de los ’90 no son broma. Existen. Y existen en gran medida porque no se aprovechó plenamente la coyuntura favorable del 2003 al 2008. Pero es inútil llorar sobre leche derramada. Sólo cabe empujar hacia adelante. El riesgo de restauración oligárquica y conservadora se incrementa por la percepción que se tiene en el sentido de que algo similar está pasando en el resto de Sudamérica. Las políticas débiles, de Lula, Bachelet y Kirchner han consentido que se reconstituya el frente neoliberal. La gran opción positiva que se delineó con la instalación de gobiernos de centro izquierda en Brasil, Argentina y Chile, y de una progresividad más marcada en Venezuela, Ecuador y Bolivia, parece haber perdido gran parte de su capacidad movilizadora, lo que torna aun más inquietante el golpe en Honduras. No es probable que vuelva la época de las dictaduras militares, pues se ha achicado el espacio que tuvieran y no hay fenómeno alguno de naturaleza subversiva que pudiera contribuir a justificarlas, pero las instancias para cambiar las tornas con mecanismos institucionales están bien presentes. Si después ese retorno al pasado genera un estado de convulsión y caos, se suscitará la ocasión para intentar volver a la doctrina de la seguridad nacional… Y el círculo volverá a cerrarse.

La opción transformadora no ha perdido vigencia, sin embargo. Sólo requiere de una asunción resuelta de políticas dirigidas a romper el estancamiento para que vuelva a tomar cuerpo. Todavía hay espacio. Pero no estamos seguros de que exista una plena disposición para aprovecharlo. La solicitud de Daniel Scioli para que se rebajen las retenciones a los productores de la provincia de Buenos Aires, más su visita a la Rural y la presión oficial para que Moyano arregle con los “gordos” de la CGT son signos inquietantes si llegan a transformarse en el disparador de una cascada.

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