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05
JUL
2009

¿Corrimiento a la derecha en América latina?

No hay que exagerar, pero el resultado de las elecciones legislativas en Argentina y el golpe de estado de Honduras son elementos a los que conviene tomar en cuenta en cualquier prognosis sobre el futuro.

El corrimiento a la derecha de la situación argentina puesto de manifiesto por las elecciones legislativas obedece a varias razones. Entre las principales figura la torpeza del gobierno para definir y comunicar su plataforma, su incapacidad para profundizar un modelo de cambio para el país y la fragilidad de una opinión muy susceptible de ser captada por el discurso bobo de los medios de comunicación. El dato definidor y más grave es la insuficiencia que exhibe el gobierno para efectuar una articulación política e ideológica capaz ofrecer un programa de acción al pueblo argentino. Programa que habría que exponer en toda su ambición y estrategia. Pero, en realidad, cabe preguntarse si existe, en los personeros de la política oficial, esa ambición y esa estrategia. O si lo que hay no es otra cosa que un oportunismo de larga data y propenso a un "ordenancismo" -obsérvese que no decimos autoritarismo- prolífico en ademanes imperiosos pero imbuido de una retórica que no contiene la decisión suficiente para llevarlos a cabo.

Los logros del kirchenerismo, desde luego, son importantes. La desocupación descendió del 22 al ocho por ciento, se cambió radicalmente el énfasis de las relaciones exteriores, refiriéndolas a la consolidación de los lazos con Iberoamérica; se renacionalizó Aerolíneas y se recuperó el sistema jubilatorio. El traspié frente al agro demostró, sin embargo, que la ausencia de una reforma profunda del sistema había vuelto a dejar, después de cinco años de crecimiento a tasas chinas, intactas las estructuras del viejo país y que el fracaso comunicacional para atraer a las clases medias (verdadero pivote que importa mucho en Argentina), seguía dejando fuera a esa masa poblacional muy solicitada por el discurso del establishment y predispuesta, por sus inseguridades y cierta animadversión visceral hacia el peronismo, a aceptar la lógica de ese discurso. Aunque este sea el mismo de las décadas de apogeo del neoliberalismo y aunque proponga un modelo de país inviable en las condiciones del mundo moderno. La idea de una Argentina de 40 o 50 millones de habitantes reducida a la producción de commodities y promotora de la concentración de la riqueza en unas pocas manos, que por una especie de fatalidad intrínseca a la psicología de nuestra clase habiente la fuga sistemáticamente hacia el exterior, es en efecto una distopía que, de realizarse, nos arrojaría al caos absoluto. En especial si la crisis mundial se agrava.

Pero hay otros aspectos que conviene tener en cuenta para evaluar el traspié del kirchnerismo a escala no solo argentina, sino también regional. La derrota del Frente para la Victoria en los distritos más significativos de la nación va de la mano con síntomas que parecerían preanunciar el debilitamiento de la corriente contestataria del modelo neoliberal a escala del subcontinente. Los intentos desestabilizadores contra Evo Morales, la infatigable oposición de la contra venezolana respecto de Chávez, el postergado ingreso de Venezuela al Mercosur y ahora el golpe en Honduras están proclamando que partes substanciales de la estructura de poder en América latina sigue estando en manos de los estamentos más retrógrados.

El caso Honduras

El caso hondureño debe llamar a la reflexión respecto de los riesgos que existen y de la capacidad de agresión que conserva el sistema. Estados Unidos no aparece a primera vista involucrado en el golpe que desencadenó la tentativa del presidente Manuel Zelaya de llamar a un plebiscito no vinculante al pueblo hondureño, para que se pronunciase acerca de si se debía o no modificar la Constitución. Pero es difícil, si no imposible, que los militares hondureños que se convirtieron en el brazo ejecutivo de un golpe de Estado fraguado en el Parlamento y la Corte Suprema -expresivos de esa democracia formal que casi siempre sirve para frenar toda intentona de reforma de los datos que fijan a un país en una inmovilidad estructural-, sin haber recibido algún tipo de luz verde desde Washington. Esa inducción no tiene que partir por fuerza de la Casa Blanca; basta con que sus servicios de inteligencia instruyan en ese sentido a quienes son sus hombres en el terreno.

Los cinco estados de América central, Honduras, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, configuraron por un breve período en el siglo XIX una Federación Centroamericana, bajo la dirección del general Francisco de Morazán. Este pudo mantener la unidad de ese conglomerado socavado por la hostilidad de la oligarquía latifundista y las intrigas fomentadas por Estados Unidos y Gran Bretaña, en base a un esfuerzo militar desmedido, que no fue suficiente para contrabatir las tendencias centrífugas que lo desgarraban. Morazán fue fusilado en Septiembre de 1842 y con él se fueron las últimas esperanzas de configurar un Estado regional importante en una zona del mundo calificada por su significación geoestratégica, pues es una lengua de tierra a caballo de los océanos Pacífico y Atlántico y que sirve también de puente entre las Américas del Norte y del Sur.

Honduras es, por lo tanto, un punto sensible para el Pentágono. Sirvió de base para atacar y reducir a la impotencia a la revolución sandinista en Nicaragua, y Tegucigalpa, su capital, ha funcionado como base principal de la CIA para monitorear la situación en el Caribe.

El presidente defenestrado, Manuel Zelaya Rosales, había seguido una política circunspecta respecto de Estados Unidos. No podía bromear mucho, dado que el millón y medio de inmigrantes hondureños -ilegales o no- remiten buena parte de sus ahorros a su país natal y a que un apriete de Washington en torno de la aplicación de las leyes de inmigración y tal cosa implicaría el retorno de muchos de ellos a una Honduras que tiene una población de siete millones de habitantes y que se verían en apreturas aun mayores de las que hoy tienen si deben recibir a esa masa de gente de nuevo en su seno. Pero, por otra parte, Zelaya, aun en medio de estas dificultades, había comenzado a virar en un sentido pecaminoso para el establishment estadounidense. Zelaya es un ranchero (estanciero) de una tonalidad política que podría definirse como liberal de izquierda. Su preocupación era asentar un poco más sólidamente un gobierno que se había impuesto por el filo de una uña en los comicios y para ello intentaba acercar los centros de decisión a la ciudadanía, a fin de generar una mayor transparencia que lo fortaleciese frente a la clase política corrupta que lo jaqueaba en el Parlamento. No buscaba la reelección, pues el plebiscito no vinculante se hubiera producido a la vez que las elecciones presidenciales, lo que, al menos en esta instancia, vedaba técnicamente su ascenso al poder pues la Asamblea Constituyente consagrada a implementar una reforma hubiera debido generarse bastante después de concluido el mandato de Zelaya.

Por otra parte -y esto es decisivo- Zelaya había decidido abrir la base aérea norteamericana de Soto Cano al tráfico comercial. La guarnición norteamericana en el lugar es pequeña, pero la base dispone de la única pista de Centroamérica en capacidad de recibir aviones gigantes destinados al transporte de tropas. Es asimismo una base de escucha fundamental para la vigilancia del Caribe y para el funcionamiento de la inteligencia norteamericana en la región. Como dato indicativo de su importancia cabe señalar también que es la única base del Comando Sur (Southcom) estadounidense más acá del Río Bravo.

Sobre este horizonte tormentoso estalla entonces el escándalo de las subprime, que arrastra al mundo a la crisis económica más importante desde la época de la Gran Depresión. Zelaya busca entonces sumarse al ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas) que propulsa el presidente Chávez y que garantiza la seguridad energética y alimentaria de sus estados miembros. Empieza a diseñarse así un conglomerado de países -Venezuela, Cuba, Honduras, Nicaragua, Ecuador y un archipiélago de islas en el Caribe- que se reconecta con la vieja idea de la Patria Grande que inspirara a los prohombres de la Independencia y que fuera implacablemente antagonizada por los imperialismos de turno y por la burguesía comercial y el feudalismo terrateniente en los países involucrados.

Casi con seguridad esto es ya demasiado para el Pentágono y la CIA. El presidente Barack Obama desautorizó el golpe y la repulsa internacional a este ha sido masiva. Pero se sabe que de la protesta abstracta a los hechos hay mucho trecho y que Obama, que nutre una actitud más elástica hacia los países del "patio trasero" que la que esgrimían Bush y sus adláteres, no puede ir más allá de ciertos límites. Habría que ver entonces si el golpe en Honduras no ha sido un expediente para los méneurs du jeu en el sentido señalarle al presidente norteamericano que ciertas cosas caen fuera de su órbita y que los servicios son capaces en cualquier momento de ponerlo frente a una política de hechos consumados.

Por esto es tan importante que los países iberoamericanos asuman una actitud decidida frente al derrocamiento del mandatario legítimo de Honduras. Su reposición en el gobierno es esencial a este efecto. El acompañamiento de Zelaya por nuestra presidenta Cristina Fernández en un eventual viaje de retorno a su país para hacer respetar la decisión de la OEA en el sentido de reinstalarlo el poder es un tema delicado. Y no sólo políticamente sino también en el plano de su seguridad física y la de los mandatarios que podrían acompañarlo.

De cualquier manera la situación de presenta espinosa. Si se deja a Zelaya flotando en el aire y las fuerzas del conservatismo más retrógrado se imponen en Honduras, se sienta un antecedente siniestro respecto de la posibilidad de un retorno a las políticas de fuerza de las dictaduras militares y a la reinstalación de las "repúblicas bananeras". Si Hugo Chávez intenta corregir la situación con expedientes militares para reponer a un presidente cuyo país forma parte del ALBA, estaría abriendo con toda seguridad el camino a la intervención masiva norteamericana en su contra. En este caso el golpe lograría la que quizá es su ambición más secreta: actuar como provocación de una crisis mayor en el área.

La presidenta Cristina Fernández lo expresó muy bien cuando dijo que en Honduras "no se ha secuestrado sólo a un presidente sino que se está secuestrando a la restauración democrática en América latina".


(Fuentes: Global Research y  Red Voltaire)

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