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27
JUN
2009

Los medios y el presente

La comunicación será el campo de batalla de la política del futuro. Si un movimiento que se quiere transformador no comprende este dato, está perdido de antemano.

La vía de acceso al momento político, signado por las elecciones de mañana, está obturada por la veda. Pero hay análisis marginales que pueden hacerse. Y estos no dejan de tener su interés. Hablar sobre la política espectáculo o sobre la actual manía estadística o “encuestológica” que se preocupa en desvelar por anticipado los resultados de unos comicios que todavía no se han realizado, es interesante, en particular porque en el segundo de los casos puede a veces detectarse una predisposición tramposa. Pues, como lo están demostrando los sucesos de Irán, instalar en la mente del público la idea de una victoria inminente y aplastante puede dar lugar a reacciones irracionales e inesperadas si luego las cosas no van como se pronosticaba. En especial si hay grupos de presión interesados en batir el parche.

La evolución de la política en la época contemporánea está signada por la irrupción de los medios de comunicación de masas. Que son justamente los que pueden difundir esas encuestas y sus presuposiciones; pero cuya exactitud, en principio, no es demasiado fiable. Pues son los partidos los que las pagan, y eso determina desde el vamos la orientación que pueden tomar de cara al público. Es posible (o seguro) que existe una doble contabilidad en estos casos, como ocurre con las defraudaciones: una cosa son los libros que se exponen a la atención del fisco, y otra son las columnas secretas que llevan el cálculo exacto de lo que entra y lo que sale.

Pero en el debe y el haber de todas las encuestas, incluso de las que son honestas, hay un espacio hueco que debe ser llenado por la realidad concreta del voto. En las encuestas que se ponen a disposición de los medios, o que los medios elaboran por sí mismos, esta dimensión variable está reconocida por el margen de error que se conceden quienes las elaboran, pero los números que marcan la suma y la resta pueden ser bastante diferentes de los guarismos reales que en definitiva arroje una elección. La duda en el público, sin embargo, ha sido creada y, sobre ella, es posible trabajar para ahondar la división de una sociedad y para reforzar su apariencia inmanejable, favoreciendo así la solución autoritaria. Que por cierto no tiene porqué ser dictatorial ni armada –este sería el último expediente- sino revestir las apariencias de una democracia formal que funcione a modo de colchón para desalentar las críticas al retorno a un radicalismo neoliberal del cual nosotros, por ejemplo, hemos tenido una buena experiencia. O, mejor dicho, una horrible experiencia. Y que nunca se ha ido del todo, aunque haya retrocedido un poco.

La posibilidad de este manoseo es inseparable de una fragmentación de la opinión pública determinada por la derrota a escala global de las tendencias revolucionarias y transformadoras –en el sentido de una mayor justicia social- que arrancaron de la época de la revolución francesa y que tuvieron sus picos más altos durante el siglo XX en fenómenos como la revolución rusa y las revoluciones en los países coloniales y semicoloniales. Tras la época de las grandes certidumbres y de la participación activa del pueblo en las convocatorias partidarias se ha producido un retroceso determinado por el hundimiento del contrafuerte soviético –hundimiento engendrado por sus debilidades internas casi tanto como por la agresión externa- y por la presunta muerte de las ideologías y el no menos presunto fin de la historia. A profundizar esta descomposición han concurrido la revolución tecnológica, que liquidó buena parte de la necesidad de la mano de obra concentrada que era necesaria para mover el aparato productivo, quitándole espesor y peso político, y el crecimiento y la concentración desaforada de unos medios de comunicación que centralizan la información y la arreglan de acuerdo a sus intereses. Que no son otros que los de los estamentos dirigentes del Imperio anidados en las Bolsas, los bancos y los gobiernos del hemisferio norte. Es decir, del capitalismo global, encarnado en Estados Unidos y organizado en torno de su aterradora panoplia bélica.

Las empresas de comunicación, encargadas de difundir los datos que se ofrecen al público como referentes para generar opinión, son cualquier cosa menos neutrales: forman parte del poder a título propio, en tanto se concentran en holdings que son una parte determinante de los intereses a los que representan. Y a esto se ha venido a añadir la televisión que, por una fatalidad o más bien por una facilidad inherente a su formato, ha reemplazado el acto de discurrir por el acto de ver (Sartori). Cada vez se resta más espacio a la discusión reflexiva de los programas políticos que pueden entrar en liza durante un debate, suplantándolo con una política de marketing que impone la brevedad y el simplismo en el discurso, atomizándolo y atrayendo la atención del espectador sobre los aspectos menos relevantes del cotejo. Como pueden ser la presencia física de sus participantes, su elocuencia y su “viveza”. Cosa que confina el resultado del encuentro a una simple cuestión de “quien ganó y quien perdió”, como si de un match de boxeo se tratase.

Por encima de esto, desde luego, está la capacidad manipuladora de los llamados moderadores para distribuir el tiempo entre los participantes del encuentro y por el carácter a veces inequitativo de la distribución de roles. En ocasiones nos encontramos con mesas de debate donde un solo exponente de una determinada corriente política debe hacer frente al acoso de varios individuos que se le oponen y de paso tiene que soportar la sarcástica hostilidad de los entrevistadores.

Nada de esto es simpático ni garantiza un acceso a la información que sea tranquilizador respecto al futuro. La pretensión de reemplazar la cultura escrita por la cultura audiovisual es un paso sobremanera resbaloso y nada hay que nos asegure su éxito, si este es medido en términos de estimulación de las facultades intelectuales y de comprensión de la realidad tal cual es. En especial en las condiciones del presente, que apuntan al desarrollo de una percepción ramplona de la cultura. El reemplazo del término “pueblo” por el de “gente”, que muchos comunicadores han adoptado, a veces de manera inconsciente, es indicativo de esta tendencia.

¿Qué sería la “gente”? Lo más probable es que bajo ese apelativo se indique a la muchedumbre de las conciencias incomunicadas, sentadas frente al televisor y propensas a renunciar al vínculo lógico de la secuencia razonada para entregarse al impulso inmediato. Su tendencia sería plegarse a lo que de manera automática puede sugerir una imagen sensacional, sin analizar sus componentes. El “pueblo”, por el contrario, ha sido expresivo, a lo largo de la historia moderna, de una conciencia masiva que ha introyectado, así sea toscamente, los antecedentes históricos que determinan una situación dada y que, por lo tanto, está en condiciones de reflexionar libremente sobre ella y escoger la opción que mejor se adecue a sus necesidades.

Vamos cerrando esta disquisición, tal vez un poco oscura debido a la forma tangencial en que debemos tratar hoy a la actualidad política, diciendo que la lucha por la libertad de expresión será el núcleo de las batallas sociales por venir. En la medida que se logre horadar el cerco del sensacionalismo, confusionismo y conformismo mediáticos, se podrán ir articulando las opciones liberadoras. Los periodistas conscientes de su rol tendrán mucho que hacer en ese combate. Claro que para esto deberán romper, ellos también, el cerco con el cual el sistema los rodea. Y sólo una pluralidad de medios que termine con la concentración de los grandes carteles de la información, podrá darles el ámbito que es necesario para que respiren y se expresen en libertad.

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