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05
JUN
2009

Cuba vuelve

El tiempo ha llovido sobre Fidel. Pero el hombre es el mismo.
El tiempo ha llovido sobre Fidel. Pero el hombre es el mismo.
O, mejor dicho, nunca se había ido. Pero la OEA lava algo de sus culpas al abolir la resolución que la excluía de la organización.

Después de 47 años de ignominia, cesó la exclusión de Cuba de la OEA, determinada por el gobierno estadounidense en 1962 y obedecida por la mayor parte de los países latinoamericanos en el seno de lo que Hugo Chávez denominó irónicamente el "ministerio de las Colonias" al hacer referencia a la Organización de los Estados Americanos. 47 años son mucho tiempo, en especial si se toma en cuenta que el pretexto para sancionar esa exclusión -la guerra fría- hace casi dos décadas que ha caducado. Es que, en el fondo, lo que Washington buscaba con el mantenimiento de la exclusión de la isla era hacer "tronar el escarmiento" respecto de una partícula de su patio trasero que había osado desafiar su poder y hasta permitirse el sueño de un modelo económico distinto del capitalista. Y aun más importante era el ejemplo que Cuba había proporcionado a los restantes países de América latina y el descubrimiento de que, a partir de allí, los lazos íntimos que unen a Indoamérica eran capaces de prefigurar una nación diferenciada y equiparable algún día al coloso del Norte.

Porque en la supervivencia del sistema cubano a lo largo de todos estos años jugó no solo la existencia de un mundo bipolar, en uno de cuyos extremos el régimen de Fidel Castro pudo recostarse para escapar a la coerción y al sabotaje de Estados Unidos, sino cierta impalpable simpatía que su ejemplo de independencia y dignidad provocaba en toda Iberoamérica. Un sentimiento que estaba y sigue estando muy arraigado en las clases populares, aunque las dirigencias durante mucho tiempo hayan hecho gala de un servilismo deplorable respecto de Washington. En este sentido debe reconocerse que hasta un anticomunista acérrimo como Francisco Franco, que se negó en todo momento a romper lazos con Cuba, fue mucho más patriota hispanoamericano que la mayoría de nuestras personalidades políticas de primer plano. Paradojas de la historia o, más bien, comprobación palpable de que el realismo político, la noción de la geoestrategia y la sensibilidad respecto de los lazos culturales y de sangre pueden estar muy por encima de los condicionamientos ideológicos.

La marcha de la revolución cubana, sus éxitos y sus fracasos deben ser comprendidos, entonces, en el cuadro de una realidad contradictoria, donde nada puede ser asumido como una verdad revelada. Una zambullida en el realismo es el presupuesto básico para la investigación histórica y para la praxis política. Y, en este sentido, el proceso cubano es una cantera de enseñanzas.

Sorpresas te da la vida

En primer lugar hay que convenir que el triunfo de la revolución no fue el fruto de un impulso radicalmente transformador surgido desde abajo sino del envite de un grupo de intelectuales de clase media capaces de allegarse a una alta proporción del campesinado y la pequeño burguesía urbana, asqueada por la corrupción de la dictadura de Batista. Su campaña militar, sin embargo, no hubiera tenido éxito si la guardia pretoriana del dictador no hubiese estado corrompida hasta la médula, y si los organismos de inteligencia de Washington no hubiesen apostado en favor de los insurrectos o al menos no se hubiesen abstenido de ponerles palos en las ruedas. Incluso la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) organismo a todos los efectos al servicio de los intereses de los gobiernos norteamericanos, difundió la imagen de la lucha de David contra Goliat a través de Jules Dubois, un periodista del Chicago Tribune que era asimismo un agente de la CIA, involucrado en varias maniobras desestabilizadoras en Centro y Suramérica. Dubois ofreció una imagen romántica de unos "luchadores por la libertad" que prefiguró las posteriores definiciones de ese tipo promovidas por la agencia central de inteligencia en muchas partes del mundo.

Era claro que la intelección que los organismos de Washington tenían respecto de los revolucionarios cubanos no superaba la clásica que visualizaba a los sectores estudiantiles como materia prima que podía ser movilizada contra la corrupción de un poder de turno que, por una razón u otra, se había convertido en un incordio. La putrefacción batistiana y la resistencia que suscitaba eran una molestia para Estados Unidos y Washington retiró su apoyo al dictador, con lo que a este no le quedó otro camino que el de emprender la retirada hacia un dorado exilio. Casi inmediatamente, sin embargo, los jóvenes que se habían adueñado del poder con el masivo respaldo del pueblo en las calles, empezaron a actuar de manera heterodoxa respecto de los cánones de la democracia formal. No sólo depuraron -esto es, fusilaron- a una serie de personas involucradas en crímenes de guerra, sino que lanzaron la reforma agraria, afectaron intereses norteamericanos como los de la United Fruit y se rehusaron a dejar de profundizar la revolución. La reacción norteamericana no se hizo esperar y se articuló en la forma tradicional que apuntaba a desestabilizar primero y, si era necesario, a derribar después al régimen a través del sabotaje, la presión diplomática, la creación de unidades contrarrevolucionarias para operar contra el gobierno y, finalmente, el lanzamiento de una invasión en gran escala protagonizada por grupos de la contra que habían sido entrenados a tal efecto en la Florida y en Guatemala. Simultáneamente se buscó aislar a la isla del concierto latinoamericano.

Mientras se verificaban estos desarrollos y tratando de escapar al cerco, Fidel Castro efectuó un brusco viraje ideológico, proclamándose socialista y volviéndose hacia la Unión Soviética para encontrar un contrapeso que mantuviera al Imperio a distancia. Esto redundó en la crisis de los misiles, que en Octubre de 1962 puso al mundo a dos dedos del desastre nuclear, aunque después se supiera que, en el fondo, la movida había sido concebida por la URSS para hacer de la remoción de los cohetes en suelo cubano un elemento negociable a fin de obtener una contraprestación que eliminase a las bases norteamericanas en Turquía.

Este juego diplomático al filo de la catástrofe permitió medir el escaso margen de maniobra que tenía el régimen cubano. La URSS obtuvo de Estados Unidos la promesa de no invadir la isla, pero no por esto cesaron los sabotajes ni se dejaron de montar conspiraciones dirigidas a asesinar a Fidel Castro. El campo, en suma, estaba marcado y la posibilidad de realizar una política autónoma estaba muy acotado para La Habana, habida cuenta del desamparo en que la habían dejado los otros gobiernos latinoamericanos, con la nobilísima excepción de México.

Los límites de la ilusión

Esto no fue suficiente para mellar la voluntad de poder de Fidel y sus adláteres, ni su vocación de empujar un cambio para el cual, percibían, la revolución debía expandir sus límites. De ahí la famosa frase del Che Guevara respecto de convertir a la cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América latina. Sus cálculos erraban, empero. La isla suministraba una base geográfica y productiva demasiado exigua para manejar ese tipo de emprendimiento; los Estados Unidos nunca volverían a cometer el error en que incurrieron en 1959 y, sobre todo, la estrategia del foco del Che infravaloraba la relación de fuerzas que se daba en un escenario latinoamericano variopinto y con clases sociales muy resistentes al procedimiento revolucionario. Al menos, en los términos en que se había dado en Cuba. El puro voluntarismo que empujó al revolucionario argentino-cubano a sacrificarse en el corazón del monte boliviano pasaba por alto, por ejemplo, que la revolución capitaneada por el MNR había producido en 1952 un profundo cambio, propulsando la reforma agraria y la nacionalización de las minas de estaño. Aunque ese proceso estaba ya en vías de descomposición, había dejado una huella psicológica profunda en el campesinado, que se mostró renuente a acompañar a la aventura de unos "extranjeros" ; aventura que, por otra parte, parece haber sido traicionada desde la cúpula del Partido Comunista, mal predispuesta para vulnerar un estatu quo continental que era prudentemente avalado por Rusia.

Su ejemplo, sin embargo, contagió a muchos jóvenes en el resto de América latina, que se lanzaron a apurar por la izquierda a un movimiento nacional de masas por entonces en ascenso, pero que no buscaba los extremos y se sentía poco dispuesto a identificarse con ellos. La mixtura de aislamiento social, provocación y represión implacable practicada por Estados Unidos y por los regímenes militares que respondían al establishment latinoamericano en un contexto imaginario en el cual dichos regímenes creían estar representando un papel en la lucha de la guerra fría, ahogó en pocos años ese voluntarismo descolgado de la realidad. Al costo de innumerables víctimas y de un trauma psíquico que abrió el camino a la devastación neoliberal que barrería al subcontinente hasta principios del siglo 21, y cuya malignidad persiste.

Saliendo a flote

Después de las convulsiones de la fatídica treintena que va de 1970 al 2000, los países de América latina están recuperando el aliento. Y, al menos en sus sectores políticos más esclarecidos, parece que han entendido que el camino de la unidad bajo un signo propio es el único que hay para preservarnos de las tormentas de un siglo que se anuncia muy difícil. Hay muchos factores que confluyen para abrir esta ruta: el mundo multipolar que se insinúa, la necesidad de Estados Unidos de dedicar su atención a las regiones de veras álgidas del planeta, y el carácter en suma no adverso de nuestros países respecto del coloso del Norte, del cual se puede demandar una relación igualitaria en vez de la arrogancia, el intervencionismo y la explotación desaforada que ha practicado hasta ahora. Pero la racionalidad, se sabe, no suele ser frecuente en la historia cuando de intereses particulares se trata. El peso muerto de la vieja política es grande. Y nunca falta quienes están decididos a utilizarlo para contrariar la acción de los factores dinámicos que buscan el avance.

Las conspiraciones acechan, pero el curso tomado es, objetivamente, irreversible. Lo contrario significaría una vuelta a los ´90 y, con ello, tirarse de cabeza al caos, en el que saldrían perdiendo todos. El ascenso de Hugo Chávez en Venezuela, de los Kirchner en Argentina, de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador, de Fernando Lugo en Paraguay, de Rafael Ortega en Nicaragua, el fortalecimiento de las tendencias nacional populares en Centro América, el difícil equilibrio en que Lula se mantiene en la cúspide de la potencia brasileña, y la aparición de organismos supranacionales como el Mercosur, el Alba y la Unasur, son indicativos de que una ola de fondo está cambiando el mapa. Son fenómenos sujetos a variaciones e incluso contrastes, pero la direccionalidad que tienen está fuera de duda: la cooperación, una incipiente complementación económica y la configuración de una política exterior común, que tuvo una primera y transparente demostración en la forma en que se solventó el diferendo, fogoneado por Estados Unidos, entre Colombia y Ecuador. Y asimismo por el freno que se puso a los intentos de segregación del Oriente boliviano. En ninguno de estos episodios la OEA jugó algún papel.

En realidad, el surgimiento de esta miríada de organizaciones está poniendo de manifiesto la obsolescencia de la OEA. Podría esta subsistir como un foro en el cual estén representados Canadá y Estados Unidos, junto al resto de los países del hemisferio occidental, pero su funcionalidad "que no fue otra que la de adecuar la política de las Américas al interés de Estados Unidos- está agotada. El respaldo dado a una serie de trapisondas imperiales contra América latina" el derrocamiento de Jacobo Arbenz, las conspiraciones y agresiones contra Cuba, el silencio frente a los operativos de exterminio de la Operación Cóndor y, lo último pero no lo menos importante, su inhabilidad para forzar la puesta en funcionamiento el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) durante la guerra de Malvinas como consecuencia de la negativa estadounidense- dicen todo respecto de su carácter funcional a los intereses de Washington.

Cuba podrá o no volver a la OEA, según su gusto. Es posible que no desee hacerlo, a menos que la Unión norteamericana no levante el absurdo embargo que aun pesa sobre su comercio y se abstenga de poner condicionamientos a esa medida a todas luces injusta y que ha violado el derecho de gentes durante décadas. Pero de cualquier manera la organización ha cumplido su tiempo. El hecho de que tenga su sede en Washington es una demostración palpable de su inadecuación a los intereses diferenciados de los restantes países del hemisferio. Estos precisan de una organización fiable para gestionar sus asuntos. Varios legisladores republicanos en Washington han proclamado su disconformidad con lo que estiman la decisión de admitir a Cuba otra vez en la OEA y han pedido que se congelen los fondos que su gobierno aporta para el mantenimiento de la organización y que representan, creo, el 60 por ciento de su presupuesto.

La idea no está mal, aunque no por las razones que imaginan los representantes norteamericanos. Sería un expediente que aceleraría la disolución del organismo o lo reduciría a las modestas proporciones que debería tener. La cuestión pasa, en cualquier caso, por la creación y la puesta en función efectiva de otra entidad que esté en condiciones de evaluar y tratar nuestros asuntos de manera concreta y sin la presencia de un asociado decidido a imponer sus razones de manera excluyente.

El ALBA, el Mercosur, los países del Caribe deberían unir sus esfuerzos para generar una representación coherente, que tal vez pudiera encontrar en la Unasur el vehículo más adecuado. Mientras tanto, la resolución de San Pedro Sula ha venido a iniciar una obra de reparación histórica que reinstala a Cuba con pleno derecho en el concierto de las Américas.

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