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16
MAY
2009

La confusión de las palabras

Cuando las palabras desfiguran a los hechos, se hace mucho más difícil lidiar con estos, pues se hacen más viscosos y difíciles de aferrar.

El mundo está atravesado por las palabras. Las imágenes que nos construimos de las cosas están habitadas por los imponderables que habitan el lenguaje que hablamos. Ciertas expresiones tienen un sedimento de significado implícito, que impactan conciente o inconcientemente en el auditor o el lector. Palabras como Terrorismo, Derechos Humanos, Estado, democracia, dictadura, racismo, justicia… han terminado por investir una connotación negativa o positiva por sí mismas. Su aplicación a diestra y siniestra, sin tomar en cuenta la naturaleza de las cosas que se dice describir con ellas, desfigura desde el vamos a la materia sometida a análisis. Y ese falso discurso, como consecuencia de la asimetría de las relaciones de poder, se ejerce desde el lado de los más fuertes con una discrecionalidad y prepotencia que no pueden ser rebatidas desde el lado de los que son más débiles .

Por ejemplo, para la ideología del sistema dominante en el mundo, los atentados indiscriminados cometidos por los miembros de las células que se les oponen, son terrorismo; pero no parecen considerar de la misma manera las operaciones que el sistema despliega no sólo contra los componentes de esos grupos sino contra los rogue states, los “Estados delincuentes”, culpables, las más de las veces, tan sólo de oponerse a la nivelación a machamartillo que preconiza el imperialismo a través de su peculiar forma de forzar la globalización. A las innumerables víctimas que caen por esas operaciones entre la población de los Estados díscolos, o entre los inocentes que tienen la desdicha de encontrarse cerca de los militantes designados para el exterminio, se las suele definir como “daños colaterales”. Como también lo serían los millones de seres sometidos al embargo o al bloqueo, residentes en los países contra los que se asumen políticas dirigidas, quién lo diría, nada menos que “a preservar los derechos humanos”…

Que esos países dispongan de recursos energéticos o de emplazamientos estratégicos que son codiciados por las grandes potencias, no ingresa, en el discurso del sistema dominante, como un factor digno de atención.

Desde este punto de vista las palabras de Donald Rumsfeld amenazando a Saddam Hussein con devolver a Irak “al fondo de la edad media” si no se allanaba a razones, pueden ser comprendidas también como parte de una práctica humanitaria. Incluso cabría evaluar compasivamente el precio psicológico que este tipo de intervención podría causar entre quienes asumen –por sí y ante sí, dicho sea de paso-, el peso de gobernar benéficamente al mundo…

Esta desvalorización del lenguaje, esta inversión del sentido de las palabras o su tratamiento hipócrita, se ha hecho extensiva a todo el mundo, y rige como verdad revelada para los ejecutivos de los medios de comunicación y para los periodistas que se acompasan a sus directivas implícitas. Que en ocasiones pueden hacerse explícitas. Quien esto escribe fue aleccionado en una oportunidad acerca de lo que cabía considerar terrorismo y de lo que no cabía encuadrar en ese término. “Terrorismo –se le indicó, palabra más palabra menos- son las acciones conducidas por militantes anónimos, mientras que los asesinatos selectivos o los bombardeos no se ajustan a esa descripción, pues hay una autoridad que asume la responsabilidad de los hechos”. Entienda esto el que pueda. De acuerdo a esto la masacre de cientos de miles de inocentes en Varsovia, en Rusia, en Dresde, en Hiroshima y Nagasaki –para poner tan solo unos pocos ejemplos-, o los bombardeos indiscriminados sobre Vietnam, Afganistán y tantos otros lugares, no responden a una práctica terrorista. Tenemos así la paradoja de que es terrorista un kamikaze que se inmola junto a sus víctimas en un atentado con chaleco-bomba; mientras que no lo son los ejecutivos de la CIA o el Pentágono que decretan en frío el exterminio de ingentes cantidades de personas en un aséptico puesto de comando situado a miles de kilómetros del lugar de la acción, desde donde se puede accionar un botón que mata a distancia y sin el más mínimo riesgo para quien lo presiona...

Este tipo de distorsión del sentido de las palabras solía llamarse sofisma en el pasado. Pero si de sofistas se trata, nuestro país está bien servido. Hace unos días un distinguido columnista de La Nación afirmó que Luis D’Elía era “racista”. Presumo que esa deducción era consecuencia de que el dirigente piquetero reivindicó la necesidad de que hubiera “morochos” en las listas para las próximas elecciones legislativas. El argumento es tortuoso, o más bien disparatado. Pero no es casual. Es lógico que uno de los expositores del diario mejor informado del país, pero asimismo el más claro exponente de la ideología dominante a lo largo de nuestra historia, se escandalice por el reclamo de una mayor presencia popular en el Congreso. Pues morochos, hay que reconocerlo, son la mayoría de los que pertenecen a las clases populares en nuestro país. Y fueron ellos quienes, normalmente, se vieron agraviados por políticas discriminatorias que van desde el exterminio de las montoneras al clásico insulto “negro de m…” cuando los blanquitos de origen inmigratorio nos sentimos afectados por el ascenso de las clases sumergidas o por la exteriorización de su “mal gusto”.

El racismo es un factor que ronda la política argentina desde siempre. No rige para los inmigrantes “arios” de origen europeo y tampoco para los judíos y los árabes. Pero sí contra los criollos, contra los descendientes del pueblo originario. Que no es lo mismo que “los pueblos originarios”, los indígenas, que son objeto, también ellos, de una manipulación semántica consciente o inconsciente, dirigida no tanto a la defensa de sus derechos, cuanto a la generación de un particularismo que los escinda del cuerpo de la nación. En este caso hay que recurrir a la meridiana clarificación que Samir Amir brinda sobre el tema: “es bueno defender el derecho a ser diferente, pero aun más lo es defender el derecho a ser iguales”…

El lenguaje es el vehículo esencial para el ejercicio tanto de las técnicas de la dominación como de la liberación. Cuando la confusión reina en su seno, como sucede hoy en gran parte del campo mediático, se lo puede convertir en un arma devastadora. Esto es aun más cierto cuando ese discurso del sistema tiene un carácter casi totalizador, como es el caso de nuestro país en estos días. El lenguaje como arma para la liberación puede circular, desde luego, pero le cuesta competir con la unanimidad de ese otro discurso, que tiende a investir a las palabras de valores irrefutables, más allá de cualquier comprobación empírica. Como siempre, la ignorancia de la historia y su escamoteo sistemático subyacen a esta manipulación impune.

Entre nosotros la necesidad de contar con una ley de medios escritos y audiovisuales que evite el monopolio de estos, es por lo tanto, esencial para la recuperación del sentido de la realidad. Que esa ley tenga el carácter liberador que debe tener y no se convierta en otra forma de disciplinar o atontar a la opinión, depende del grado de espontaneidad que se consienta a los periodistas y de la aptitud que estos tengan para lidiar con el lenguaje. Las palabras no son inocentes, como hemos visto; están cargadas de significado, y este significado puede ser espurio si se las usa con arreglo al sentido o más bien al sinsentido que les da el sistema dominante.

La apertura de la campaña electoral con miras a las legislativas del 28 de junio por cierto va abrir todas las canillas por las que se vierte el lenguaje. Y vamos a presenciar con seguridad, en especial de parte de la oposición, un empleo desaforado de términos que pretenden valer por sí mismos. Democracia, autoritarismo, institucionalidad, repiquetearán en nuestros oídos sin que sean puestos en el contexto histórico que nos envuelve. Convendría que las palabras, esta vez, comenzasen a ser usadas para proveer de un sentido a programas concretos provistos de ideas constructivas. Pero no hay que hacerse muchas ilusiones al respecto.

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